Elogio de la sombra. Teatro nò.

… nada forma un contraste más afortunado con la tez de los japoneses que un traje de nò. Por supuesto, muchos de estos trajes tienen unos colores brillantes y están profusamente sembrados de oro y plata; además, el actor que los lleva en escena no está maquillado como el actor de kabuki, pero ni la piel oscura con reflejos rojizos, característica de los japoneses, ni el rostro de marfil amarillento son particularmente atractivos; y a pesar de eso, cada vez que veo nò me quedo admirado. Sin duda, las prendas exteriores con dibujos tejidos o bordados en oro y plata son muy favorecedoras y las capas, túnicas o ropas de caza, verde oscuro o rojo caqui y los vestidos con mangas estrechas o los amplios pantalones de un blanco inmaculado no lo son menos cuandopor casualidad el actor es un bello adolescente, la delicadeza de la piel, la frescura de las mejillas que tienen el brillo de la juventud, quedan realzadas, desprenden una seducción que no se parece en nada a la de la piel femenina y te das cuenta de que eso era lo que hacía perder la cabeza a los grandes señores de antaño, locamente enamorados de la belleza de sus favoritos.

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Lo que es verdad para el traje lo es también para el maquillaje: se puede encontrar belleza en un rostro totalmente artificial, pero nunca se experimentará la impresión de autenticidad que produce la belleza sin maquillaje. El actor de nò sube a escena con el rostro, el cuello y las manos que le ha dado la naturaleza. En estas condiciones, sus rasgos no tienen más seducción que la suya propia, sin que nuestros ojos estén en modo alguno engañados. En cambio, lo que nos llama la atención es el extraordinario relieve que cobra su belleza en cuanto se pone los abigarrados ropajes de la época guerrera que, a primera vista, no parecen demasiado adecuados para quien tenga nuestro color de piel.

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La oscuridad intrínseca del nò y la belleza que genera forman un singular universo de sombra que, en nuestros días, sólo se ve en el escenario, mientras que antaño no debían de estar muy alejados de la vida real. Porque la oscuridad que reina en el escenario del nò no es sino la oscuridad de las mansiones de aquellos tiempos; en cuanto a los dibujos y a la armonía de los colores de los trajes del nò, aunque son algo más vivos que en la realidad, no dejan de ser menos parecidos en su conjunto a los trajes que llevaban los nobles y los señores de la época. Llegado a este punto de mi reflexión intento imaginarme, y esto me fascina, el orgulloso aspecto, comparado con el nuestro, de aquellos japoneses de antes y, en particular, de los señores de la guerra que llevaban los suntuosos trajes de la época de las guerras civiles o de Momoyama.

Matsuke_Heikichi_-_Nogaku_zue_-_Walters_95249El nò muestra, de la forma más elevada posible, la belleza de los hombres de nuestra raza; cuán imponente y majestuoso debíade ser el porte de aquellos veteranos de los antiguos campos de batalla cuando, con sus rostros quemados por el viento y la lluvia, totalmente ennegrecidos, con los pómulos salientes, se ponían aquellas capas, aquellos trajes pomposos, aquellos trajes de ceremonia con semejantes colores, chorreantes de luz. Nuestro pensamiento, en definitiva, procede análogamente: creo que lo bello no es una sustancia en sí sino tan sólo un dibujo de sombras, un juego de claroscuros producido por yuxtaposición de diferentes sustancias. Así como una piedra fosforescente, colocada en la oscuridad, emite una irradiación y expuesta a plena luz pierde toda su fascinación de joya preciosa, de igual manera la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra.

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Junichiro Tanizaki      El elogio de la sombra

Imágenes: Matsuke Heikichi

Moda sonámbula

…Se queda ensimismado ante el ordenador al recordar de pronto ese terrible día de la semana pasada en el que, tierno y ridículo a la vez, paseó al caer la tarde, bajo un ligero temporal de lluvia, con su viejo impermeable, la camisa con el cuello roto y levantado, los grotescos pantalones cortos, el pelo enormemente aplastado por el agua. Le deslumbraban los faros de los coches, pero él siguió andando por las calles del barrio, concentrado en sus pensamientos. Era consciente de lo extraño que era su aspecto bajo la lluvia –sobre todo por los pantalones cortos–, pero también de que ya aquello no tenía solución, es decir, que ya era tarde para intentar arreglar las cosas. Se había pasado horas hipnotizado frente al ordenador y, en un arrebato de lucidez, había decidido salir disparado hacia la calle para airearse como fuera. Salió tal como iba, idéntico a como andaba por casa. Siete horas seguidas había pasado encerrado en su cuarto. Era en realidad poco tiempo si se pensaba que su ración diaria de encierro solía ser mucho más severa. Pero aquel día sintió especialmente sensible al encierro. Asustado de sí mismo por el aislamiento excesivo, se había lanzado a la calle con la vieja gabardina, pero había cometido el error de olvidarse del paraguas, y ya era demasiado tarde para volver atrás, para volver a subir a casa a buscarlo y de paso cambiarse los pantalones, tan cortos y ridículos debajo de la gabardina. Sin duda, dejó una imagen penosa a los vecinos, ni siquiera justificable diciendo que, como editor venido a menos, tenía un comprensible punto de locura. Durante un rato, como si le resultara indiferente la lluvia, se le vio avanzar, fantasmal, como si fuera uno de esos tipos que tanto predominaban en algunas de las más celebradas novelas que publicaba: esos desesperados de aire romántico, siempre solitarios, sonámbulos bajo la lluvia, siempre andando por carreteras perdidas. (…)

Enrique Vila-Matas

               Dublinesca 


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La salud de los colores

1912-georges-barbier-illustration-140-0407-de“Se ha dicho que ejercí una gran influencia sobre la época y que inspiré a toda mi generación. No me atrevo a pretender que esto sea cierto y me siento extremadamente modesto, sin embargo, si acudo a mis recuerdos, me veo forzado a reconocer que, cuando comencé a hacer lo que quería en la costura, no existían colores en la paleta de los tintoreros.

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El gusto por el refinamiento del siglo XVIII había conducido a las mujeres a la decadencia, y con el pretexto de la distinción se había suprimido toda vitalidad. Los matices “cuisse de nymphe”, los lilas, los malvas desmayados, los hortensias azul suave, los nilos, los maíz, los paja, y todo lo que era suave, desteñido y soso estaba de moda.

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Le eché unos cuantos lobos a toda esta poesía pastoril: los rojos, los verdes, los violetas y el azul rey hicieron cantar a todo el resto. Fue necesario despertar a los fabricantes de Lyon, que tienen el estómago un poco pesado, y poner alguna alegría, algún frescor nuevo en sus coloridos. Hubo crepés de China naranja y limón, en los que ni se hubieran atrevido a pensar. En cambio, se dio de lado a los malvas mórbidos; la gama de los tonos pastel fue una nueva aurora. Arrastré al grupo de los coloristas abordando todos los colores por la cima y devolví la salud a los matices extenuados. Me veo obligado a atribuirme este mérito y a reconocer también que desde que he dejado de estimular a los colores, éstos han caido nuevamente en la neurastenia y la anemia.”

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Paul Poiret

Vistiendo la época

¿ y vos que te vas a poner…?

 (…) Me pondría… no, antes de ponerme nada estudiaría cuidadosamente mi armario y pasaría revista a la vestimenta posible de las otras mujeres invitadas al mismo cocktail… le preguntaría a Gilda, a Patricia, a Florencia, cómo pensaban ir vestidas. Gilda es buena y nunca miente de propósito, pero cambia de opinión cada dos o tres minutos; no debía, por lo tanto, guiarme por su respuesta. Patricia miente a sabiendas, afirma suavemente que se pondrá cualquier cosa, posiblementre el mismo vestido largo del cocktail del sábado o una blusa firmada por el egregio marqués, y a último momento aparecería resplandeciente en un vestido que nunca mencionó ni admitió poseer en su guardarropas. Florencia tiene tanta personalidad que su respuesta no es ninguna garantía, lleva la ropa mejor que nadie, yo la llevo peor que nadie. Tres golpes de teléfono inútiles, si llamo a Jeannette, o a María Clara será lo mismo; las conozco: o mienten o cambian de opinión a último momento. Debía arreglármelas sola. ¡Y era tan complicado!

(…)

Silvina Bullrich

Mañana digo basta

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Amalia

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… de repente, un murmullo sordo se escucha en todos los ángulos del salón. Las miradas se vuelven hacia la puerta (…) acaban de entrar en el salón: la señora Amalia Sáenz de Olabarrieta y la señorita Florencia Dupasquier.

La primera, siguiendo la rigurosa etiqueta de la viudedad, vestía un traje de raso color lila muy bajo, o mas bien color torcaz, y sobre él, otro de blonda negra más corto que el primero. Su talle, redondo y fino como el de la estatua griega, estaba ajustado por una cinta del mismo color que el viso, cuyas puntas tocaban con la orilla del vestido negro. Su escote era también de blonda; y en el centro del pecho, un pequeño lazo de cinta igual a la del talle completaba los adornos de su sencillo y elegante traje. Sus cabellos estaban rizados y sus rizos finos y lucientes caían hacia su cuello de alabastro; y entre ellos, en su sien derecha, estaba colocada una linda rosa blanca.

El resto de sus hermosos cabellos castaños circundaban la parte posterior de su cabeza en una doble trenza que parecía sujetada solamente por un alfiler de oro a cuya extremidad se veía una magnífica perla; y bajo la trenza, en el lado izquierdo de la cabeza, se descubría apenas la punta de la cinta roja, adorno oficial impuesto bajo terribles penas por el Restaurador de las libertades argentinas.

(…)

Amalia        

José Mármol  

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Disfraces

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“Estoy adorable con mi vestidito de ángel.” La señora Portier había dicho a mamá: “Su hijito es delicioso. Está para comérselo. Está adorable con su vestidito de ángel.” El señor Bouffardier atrajo a Lucien entre sus rodillas y le acarició los brazos. “Es una verdadera niña -dijo sonriente-. ¿Cómo te llamas? ¿Jacqueline, Lucienne, Margot?” Lucien se puso colorado y dijo: “Me llamo Lucien.” No estaba del todo seguro de no ser una niña. Muchas personas lo habían besado llamándolo señorita, y a todos les parecía encantador con sus alas de gasa, su largo vestido azul, sus bracitos desnudos y sus rubios bucles. Tenía miedo de que los mayores decidiesen de repente que ya no era un niño. Por mucho que él protestara, nadie le haría caso, y no le permitirían ya quitarse el vestidito nada más que para dormir, y por la mañana, al levantarse, se lo encontraría al pie de la cama, y cuando quisiera hacer pipí tendría que levantarselo, como Nenette, y hacerlo sentado. Todo el mundo le diría: “Preciosa, ricura mía”. Tal vez ha sucedido ya y soy una nena.

La infancia de un jefe                

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Vestido presidencial

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Evita:  -Mierda. ¿Dónde está mi vestido presidencial?

Madre: -¿Qué vestido presidencial, querida? Todos tus vestidos son presidenciales.

Evita: -Sabés bien cúal digo. El de mi retrato oficial. El más sencillo, con las camelias.

Madre: -¡Ah, aquél!

Evita: -¿Qué mierda hice con ese vestido?

Madre: -Tenés que poner orden en tus cosas. Guardas tus vestidos en cualquier baúl, cuando sabés bien que cada vestido tiene un número escrito encima y que a cada serie de números le corresponde un baúl diferente.

Evita: -Me cago en los números.

Madre: -¡Muy bien! Ahí tenés el resultado.

Eva Perón

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