Borges es viejo sin sombrerista

Los intelectuales son contrarios a la costumbre de usar sombrero

Yo no sabía que la omisión o la práctica de esa peluca supletoria que los hombres mortales de habla española llaman sombrero (palabra absurda, ya que “sombrero” debía ser el que trafica sombras), bastase a definir dos sectas, pero me juran que así es y que “sinsombrerista” es el varón que no usa otra sombrero que la intemperie, el saludo o el firmamento, y “sombrerista” el encaperuzado y mitrado.
Hace muchos años que los sombreros prescinden de mi cabeza, sin resfriarse y sin mayor incomodidad.
(…)
Jorge Luis Borges
Diario Crítica, Buenos Aires, 8 de septiembre de 1933
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Los robots de Larmessin

Desde el Renacimiento se han escrito obras sobre el vestido, trabajos de inspiración arqueológica o bien enumeraciones de trajes basadas en la condición social, pero es evidente que cualquier diccionario del vestido solo es posible en una sociedad fuertemente jerarquizada, donde la moda participase de un verdadero ritual social. En este sentido, una obra significativa porque representa un estado imaginario y en cierto modo superlativo de ese diccionario de la indumentaria es “Las Costumes grotesques” de Larmessin (siglo XVII).
Larmessin dispuso para cada profesión un traje cuyos elementos se tomaban oníricamente prestados de los propios instrumentos del oficio para luego armonizarse en una especie de linea general, de gestalt significante, recordando las pinturas de Archimboldo. Se trata de una especie de pansimbolismo desenfrenado, creación a la vez poética e intelectiva, donde la profesión se ofrece en su escencia imaginaria: formas recargadas del pastelero, serpentinas del boticario, flechas del artificiero, curvas y protuberancias del alfarero, etc. En esta fantasmagoría el vestido acaba absorbiendo totalmente al hombre, el trabajador queda anatómicamente asimilado a sus instrumentos, y a la postre lo que se describe poéticamente es una alienación: los trabajadores de Larmessin son robots avant-la-lettre.

M’a t’on dit

En 1872, Mallarmé escribe a su amigo, el poeta José María Heredia las siguientes palabras: “Estoy recopilando por las esquinas de París las suficientes suscripciones para crear una revista dedicada a la belleza y al lujo”. Este proyecto vería finalmente la luz en 1874 y pasaría a la historia como La Dernière Mode, en parte negocio esperanzado, en parte aplicación vulgarizadora de una estética, un magazine de moda destinado, una vez más, a las mujeres y cuyos artículos estaban firmados por “Marguerite de Ponty” y “Miss Satin”, alter egos de Mallarmé y su colaborador Ulrich Lehmann. Enmascarados en nombres femeninos, asumen un vocabulario lleno de precisiones: telas, formas, adornos, un lenguaje tan complejo como el de cualquier técnica, con los giros que, desde Mme. de Sevigné, se supone que corresponden a la volubilidad femenina.
Mallarmé practica el tono discreto que su época espera de la mujer de buen gusto, ejemplo para las lectoras a quienes se propone la revista, finisecular y alejada de la sofisticación de sus compañeras literarias del momento.
La masculinidad de su autor era guardada cuidadosamente en secreto. A pesar de que el nombre de Mallarmé aparecía en primera página como un donante literario, la revista no proporcionaba ningún otro signo que señalara que cada palabra impresa había sido escrita exclusivamente por hombres.

María Félix, la doña

En México al inicio de su carrera cinematográfica María Félix fue vestida por Beatriz Sánchez Tello, Armando Valdés Peza, Tao Itzo, y Mitzy.
Siempre exigía que tanto los materiales como la ejecución fuese de lo mejor, así se tuviese que repetir hasta tres veces la prenda que se confeccionaba.
Irene Karinska y Marcel Escoffier le diseñaron unos sombreros y un vestuario bellísimo para la película “French Can-Can”, y el legendario creador de zapatos Roger Vivier le diseñó y realizó decenas de zapatos.
En Nueva York, Frederic Caster presentó la colección de pieles de la Casa Dior con modelos vestidas y peinadas como la Félix: suéter negro de cuello alto, pantalón negro y botas a la rodilla, el pelo recogido con peinetas.
En Europa la vistieron: Jean Desses, Christian Dior, Valentino, Coco Chanel, Givenchy, Yves Saint Laurent, Bijan, Balenciaga y muchos otros. En 1984 la Cámara Nacional de la Moda Italiana y la Federación Francesa de la Costura, la nombraron una de las mujeres mejor vestidas del mundo.
“A la Doña siempre le ha gustado coleccionar telas antiguas, encajes, linos, sedas y cuando piensa en confeccionarse algún vestido o abrigo, hecha mano de ellas sin importarle si son cortinas de un palacio chino o telas del siglo XVIII. En una ocasión alguien le regaló una capa pluvial y ella la usó como falda y comentó: ” Mi cintura es del tamaño del cuello del cura”.
Impresionante era su colección de abrigos de piel, todos diseñados para ella, de pantera de Somalia, Leopardo, Chinchilla, Pantera de China y sus famosas gabardinas forradas de Cibellina. En el Metropolitan Opera House de Nueva York, una americana se acercó a decirle: “Todo lo que lleva puesto es muy bello, pero solo una mujer como usted puede portarlo “.

Maestros: Jean Desses

Nacido Jean Dimitre Verginie en Alejandría, Egipto, el 6 de agosto de 1904, hijo de padres griegos, fue maestro de Valentino y Guy Laroche.
Joven, en 1925, abandonó sus estudios de derecho y empezó a trabajar para la Maison Jane (París) y en 1937 abrió su propio salón de costura.
Después de la Segunda Guerra Mundial viajó por todo el mundo. Sus diseños reflejaban las influencias de sus viajes: la creación del drapeado en gasa, vestidos de noche, vestidos bordados y largas faldas fluyendo, sobre los de principios de las túnicas griegas y egipcias.
Su moda fue muy popular en las décadas de 1940-1960, en especial entre la realeza europea y las estrellas de cine. Entre sus clientes estaban la Reina y las princesas reales de Grecia, la Duquesa de Windsor y Elsa Maxwell. En 1962, diseñó el traje de boda usado por la Princesa Sofía de Grecia (más tarde Reina Sofía de España) para su matrimonio con el futuro rey Juan Carlos de España.

El arte de estar solo

…una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, al venirme en ganas dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné, el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle.
…Sombrero azul imaginario en la cabeza y directo a la calle. El arte de estar solo. Pensando en ese arte fui luego cruzando por lugares agrestes y tempestuosos que comenzaron a alternarse con otros que eran plácidos y me parece que absurdos. Y así, pensando en el arte de estar solo, llegué justo al mediodía, soñándome vestido de montañero, con un bastón en una mano y en la cabeza un sombrero azul.
…Bastón imaginario. Sólo en mi chaleco montañés se unían lo imaginario y lo real: cosido a ese chaleco, en forma de impecable cheque bancario, llevaba mi dinero ahorrado rumbo al ancho, fresco y luminoso mundo de la nada.

lineas de El mal de Montano
Enrique Vila-Matas

Brummel (final)

Los sastres más importantes de Londres se lo disputaban como cliente: Schweitzer y Davison de Cork Street y Weston y Meyer de Conduit Street contaban entre sus favoritos.
Brummel tardaba más de dos horas en vestirse, todo un espectáculo al que asistían un selecto grupo de amigos. El momento de ponerse la corbata era esperado con ansiedad, dos mozos le ayudaban en ese quehacer. Necesitaba repetir la operación hasta veinte veces para acertar el nudo. Cada vez que fallaba, la corbata era tirada al suelo y reemplazada por otra.
Quizá su conducta repleta de excesos e impertinencias llenas de afectación e insolencia ayudó a su caída en desgracia, ya que perdidos los favores reales los acreedores vislumbraron la oportunidad de recobrar sus deudas. En 1814, Brummel lo perdió definitivamente todo, y ante la persecución de los banqueros londinenses, escapó a Francia, el paraíso de los arruinados y Calais, a pesar del provincianismo se convirtió en su residencia. Brummel siguió demostrando su clase y su elegancia. Uno de sus antiguos amigos consiguió que se le nombrase cónsul de Inglaterra en Caen. Los acreedores volvieron a surgir cuando fue destituido del cargo. No podía comprarse ropa y un sastre de Caen, movido por la compasión, le arreglaba los vestidos que le quedaban. Parecía el ultimo peldaño de desgracias que podía ocurrirle, pero en Mayo de 1835 fue detenido por deudas y conducido a la cárcel. El duque de Beaufort y Lord Alvenley se enteraron en Londres del suceso y patrocinaron una suscripción para que recuperase la libertad.
Brummel perdió la salud mental y acabó en la calle pidiendo limosna. Los últimos días de su vida los termina en el Asilo Bon Sauveur, un hospital para enfermos mentales sin recursos. El 29 de Marzo de 1840 es enterrado en el cementerio protestante de Caen.