Oficios


Desde el siglo XVIII los oficios vinculados a la moda (zapateros, sombrereros…) gozan de una creciente consideración artística. Aparecen entonces tratados sobre el arte del peinado: se habla de un arte capilar que luego sería relevado por los maestros sombrereros; Goncourt habla de los artistas de los zapatos. La época democrática eleva los aspectos relacionados con la moda al nivel de un arte sublime. En la era de la igualdad, los grandes modistos serán en adelante artistas geniales

Orientación de la moda II

Aprovechemos el sol para usar vestidos sin mangas, con escotes profundos o cuellos en punta, chaquetas cortas, blusas que cambian de estilo según la hora. El chemisier se encuentra en todas las colecciones. El blanco puro y seductor, aparece en trajecitos, tapados y vestidos. El estampado está a la orden del día, sobre todo las flores. En cuanto a las telas, el piqué, la gasa y el hilo son los imperativos de esta temporada.

Temporada N° 196
Septiembre 1963

Rose Bertin, Ministra de modas.

Nombrada “ministra de la moda” por la reina Manía Antonieta, Rose Bertin fue la responsable de vestir a damas, cortesanas y reinas de las monarquías europeas durante el reinado de Luis XVI. Sus trajes convirtieron a París en la capital de la moda y la que había sido sólo una humilde costurera, vivió su gran esplendor sin saber que el brillo de sus tules se había convertido en símbolo de un mundo a punto de extinguirse para siempre.
Rose Bertin, una pobre costurera de la Picardía, llega a París con quince años convencida de que allí encontrará trabajo y un futuro. Trabajadora incansable, pronto logra abrirse su propio camino y cuando la duquesa de Chartres se encapricha de sus diseños, la vida de Rose cambia para siempre. Sus creaciones brillan por su diversidad e inventiva y atraen a la recién llegada archiduquesa María Antonieta Habsburgo-Lorena, convertida en joven reina y deseosa de dejar una huella personal en la corte francesa.
Los deseos de la que será, sin duda, la reina más admirada y odiada de Francia, se unen con la inspiración de la divina Bertin quien, convertida en modista de la reina, consigue que sus trajes vistan a las reinas de Suecia, España y Bohemia y crea un auténtico imperio del traje desde su tienda en la calle Saint Honoré. La moda se convierte en asunto de Estado pero, ajenas a las conspiraciones y a las críticas, Rose Bertin y María Antonieta pasean su amistad y sus modernos diseños por los pasillos de Versalles sin sospechar que pronto serán testigos trágicos del fin de una época.

Historias de Hollywood VII

Edith Head fue la primera diseñadora que vistió a Audrey Hepburn en un papel protagonista y ha pasado por derecho propio a la historia de Hollywood. Se encargó del vestuario de 500 películas, y obtuvo siete Oscar y 33 nominaciones. Adorada por Liz Taylor, para quien diseñó tres vestidos de novia, fue la creadora fetiche de Alfred Hitchcock. La colaboración entre ambos se inició en “La ventana indiscreta”. Ya entonces el director se había ganado una justa fama de maniático perfeccionista en materia de vestidos, pero Head y él se entendieron a la perfección. Fue Edith quien consiguió dar el toque de gracia a Tippi Hedren en “Marnie” la ladrona, preparando un vestuario perfecto para una cleptómana frígida. Cuando leyó el guión de “Vértigo” sugirió para Kim Novak una serie de rígidos trajes de chaqueta en colores neutros y sombreros que resaltasen el cabello rubio y la piel blanca de la actriz. Pero con ninguna estrella se llevó tan bien como con Grace Kelly. La futura princesa de Mónaco ya había discutido con Hitchcock en cuestiones de vestuario cuando, al rodar “Crimen perfecto” el director estaba empeñado en que la protagonista acudiese a contestar la famosa llamada de teléfono embutida en un vestido rojo. Kelly le convenció para cambiar el vestido por una bata encima de un camisón. Así vestida, Grace sufre el asalto de un intruso al que asesina tras unos segundos de lucha. Su atuendo dio a la escena un erotismo soterrado que ni siquiera Hitchcock había podido anticipar.

Novedades de noche

Novedades de noche: satín terciopelo, modelando con flecos la moldura del anca, flatulencia de flujo, oscuro brillo. Resplandor respingado, caracoles de nylon que le esmaltaban de lamé el flaco de las orlas… Perdida en burlas, de macramé, lo que pendía en esas naderías, ruleros colibrí, lábil orzuelo, era el revuelvo de un codazo artero, en las calcomanías del satín, comido (masticación de ilutes, de bollidos).

Néstor Perlongher Poemas completos

La belleza segun C.Beaton

A semejanza de su amigo Cocteau, Cecil Beaton fue un artista múltiple: fotógrafo, dibujante, escenógrafo y vestuarista. Intervino en decenas de óperas, piezas de ballet, obras de teatro y películas, dos de las cuales (Gigí, 1957, y My Fair Lady, 1964) le valieron tres Oscar.
Casi desde niño sintió que el mundo del teatro era el suyo y cuando comprendió que estaba en pleno dominio de su talento, intentó una tarea quijotesca: transformar el mundo en su teatro.
Son exquisitas sus crónicas de un mundo sofisticado, irónico, a veces mordazmente cruel, siempre culto y glamoroso, ya ido para siempre. Para él, como para su ídolo Oscar Wilde, la belleza es algo perfecto que le da sentido a ese caos de las sensaciones que llamamos mundo. La belleza brilla apenas un instante y en ese instante entrevemos un absoluto que se desvanece, pero que hace que valga la pena vivir para gozarlo. La belleza es obra del artista, no del mundo. El papel del artista, según él, consiste en producir imágenes bellas partiendo de la materia viva, corruptible. “Mientras los fotografío y están bajo la luz del estudio –escribió en su diario–, para mis modelos el tiempo se detiene y puedo obtener una imagen hermosa. Pero cuando la luz se apaga, el tiempo vuelve a correr y los cuerpos siguen su camino hacia la muerte. Sólo la fotografía los muestra eternamente perfectos.”

Cecil Beaton

Cecil Beaton nació en Londres y según cuenta en sus memorias, a los nueve años ya tomaba fotos, ayudado por la institutriz de sus hermanas menores, Alice Collard, una fotógrafa amateur que le enseñó sobre iluminación y sesiones de retrato, además de los aspectos técnicos básicos.
En 1926 realizó su primer gran retrato, uno que haría época: fotografió a la escritora Edith Sitwell como si fuera una escultura funeraria de la Edad Media. Al año siguiente ingresó como fotógrafo y dibujante permanente en Vogue, revista a la que permanecería ligado varias décadas. Sus trabajos para este medio se han convertido en clásicos de la fotografía de modas.
A fines de los años 20 viajó varias veces a los Estados Unidos y amplió su contrato con Condé Nast (editora de Vogue), lo que lo llevó a publicar también en Vanity Fair. En Hollywood y aprovechando la deslumbrante luz de California y sus pintorescos claroscuros realizó una serie de retratos a personajes tales como; Gary Cooper, Johnny Weissmuller, Dolores del Río.
Hacia 1930 escribió “El libro de la belleza”. Beaton estaba en el centro de todas las fiestas, incluso las más exclusivas, las celebradas en la mansión San Simenon, del magnate William Randolph Hearst, quien inspiraría el personaje de la película de Orson Welles “El ciudadano”.
Al cumplir los 30 ya era el retratista preferido del mundo de la moda, el cine, el teatro, las artes visuales, la literatura, la música y el fotógrafo oficial de los Windsor.
Beaton tenía una mirada singular para cada retratado, no hay nada que los unifique salvo esa inspirada individualidad. En el cuidado por los detalles de cada uno de sus trabajos brilla la genialidad de Beaton. Como Proust, Beaton entendió que para el ojo atento el mundo comienza a diluirse en el momento preciso del éxtasis.
Murió el 18 de enero de 1980.