Vestidos

Muchas veces, cuando veo vestidos que con sus múltiples pliegues, volantes y adornos oprimen bellamente hermosos cuerpos, pienso que no conservaran por mucho tiempo esa tersura, que pronto mostrarán arrugas imposibles de planchar, polvos tan profundamente confundidos con el encaje que ya no se podrá cepillarlos, y que nadie querrá ser tan ridículo y tan desdichado como para usar el mismo costoso vestido desde la mañana hasta la noche.
Y sin embargo, encuentro jóvenes que son bien hermosas y dejan ver variados y atractivos músculos y delicados huesos, y tersa piel, y masas de finos cabellos, y que, no obstante, día tras día, aparecen con esta especie de disfraz natural, y siempre se apoyan la misma mano y reflejan en su espejo el mismo rostro. Sólo a veces, por la noche, cuando regresan tarde de alguna fiesta, sus vestidos parecen en el espejo raídos, deformados, sucios, ya vistos por demasiada gente y casi impresentables. .

Vestidos. Contemplación (1913)
Franz Kafka.

Didascalia

Casa de Prózorov. Antesala con columnas, tras las cuales se ve la sala. Mediodía soleado y alegre. En la sala están poniendo la mesa para el almuerzo. Olga con traje azul, uniforme de profesora del Liceo femenino; durante todo el tiempo, de pie o paseándose, corrige cuadernos escolares. Masha, de traje negro, sentada, con su sombrero sobre las rodillas, lee un libro. Irina, vestida de blanco, permanece de pie, pensativa.

Las tres hermanas.
Antón Chéjov.

El bordado

… escribe o borda, pues las dos ocupaciones forman parte de la espera. (…)
Para bordad letras en la tela, utiliza puntos simples con hilos finos de algodón de color. Los puntos ligados, que llenan el cuerpo de la letra, están destinados a las mayúsculas. Clarita emplea hilos claros para los contornos y oscuros para los entrelazados que completan los espacios. Elige las letras de un alfabeto antiguo, publicado en Venecia, que le regaló su madre.
Cuando escribe, Clarita continúa bordando y sirviéndose del alfabeto veneciano. Tiene la impresión de que introduce una aguja en las hojas de papel. Tira del hilo que enlaza el motivo, las letras, los sonidos, y cuyo carretel se enrolla y se desenrolla a medida que la aguja concluye el trabajo. Clarita aprendió a bordar al aprender a escribir. Tiene una predilección por el bordado en virtud del relieve. Ordinariamente sin color, el hilo es tangible: hilo de encaje, hilo de bordar, cintilla. Sus dedos se unen al diseño; se convierten en el hilo; buscan en el aire los motivos que vendrán. (…)
Clarita se inclina hacia el bordado porque es anónimo, infinito en sus lenguas, comprensible a todos y porque, antes que la belleza, ella se desvela por captar el secreto de la belleza.
(…)
La orilla oriental
Silvia Baron Supervielle

Cinturón de castidad

Hasta nuestros días han llegado tanto modelos de cinturones como noticias sobre éstos, pero ninguna tan antigua como para asegurar que se comenzó a usar durante la Edad Media.
Según se cuenta, el cinturón de castidad apareció en algún convento medieval para combatir las tentaciones de la carne. En otras ocasiones fueron los confesores quienes lo impusieron como penitencia a las fieles devotas.
También conocido como “cinturón bergamasque” fue una de las prendas predilectas del “tirano de Padua”, Francisco de Carrara, tan celoso que lo hacia usar incluso a sus numerosas amantes. Otra no menos curiosa historia es la que relata Branttme en “Historia de las Damas Galantes” donde un vendedor puso a la venta varios de estos cinturones que compraron los celosos para sus esposas, pero al parecer el vendedor se puso de acuerdo con algunos afamados amantes a los que vendió copias de las llaves.
En España existe otra leyenda curiosa que se refiere a Rodrigo Díaz de Vivar, más conocido como el “Cid Campeador” quien teniendo que partir por largo tiempo por haber sido desterrado, dejando a su esposa Jimena y temiendo que ésta le fuese infiel, le hizo poner un cinturón de castidad. En épocas más recientes, a mediados del siglo pasado, el doctor J. Moodie ideó la faja de castidad femenina como un medio destinado a evitar la masturbación, muy a los usos de la “época Victoriana”

Los sombreros de Frank

Rara vez una cabeza cubierta había tenido tanto impacto como la de Frank Sinatra. El sombrero era su corona, puesto de lado y retador.
Frank tenía sombreros para todas las estaciones, hechos exclusiva y costosamente por Cavanaugh, fieltros prístinos de negro y gris para entornos frescos, palmettos porosos y de paja con bandas anchas al pastel para los climas cálidos. Él sabía lo que significaban sus sombreros, iban con él a donde fuera, acentuando la vitalidad de su paso. Fue en los ´50, los años de Capitol, cuando sus sombreros se hicieron famosos. “Cuando Sinatra se para frente al micrófono, con la corbata suelta, el sombrero azul puesto al sesgo, el cigarro colgando flojamente de sus labios, el humor se extiende en el ambiente como el humo”
Jugaba constantemente con los ángulos e inclinaciones, practicando de antemano la geometría de sus actitudes. La parte trasera del sombrero siempre en curva hacia arriba y la parte delantera doblada hacia abajo dos pulgadas sobre la ceja derecha.
Fue solamente cuando su cabello comenzó a encanecer, que sus sombreros desaparecieron. En privado usaba capuchas de golf y gorras de beisbolista para ocultar su calvicie.
En los setenta, ya nadie usaba sombreros, el mundo había cambiado, y él empezó a extrañarlos más que nunca.