Maestros: Rafael de Penagos

Sus conocidísimas figuras femeninas, maquilladas, modernas y coquetas, se convirtieron en el modelo de los “felices años veinte” madrileños.

Rafael de Penagos (1889) nace artísticamente con el siglo, pues en 1900 se matricula en la Escuela Superior de Artes e Industrias y se inicia en el campo gráfico. En 1904 ingresa en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y fiel a los gustos de la época, se inclina por la corriente orientalista, aunque ya entonces comenzó a introducir ciertos elementos compositivos del cubismo que él mismo conoció desde los inicios en sus viajes a París.

Desarrolló su faceta ilustradora mediante colaboraciones en prensa y carteles para los Bailes de Máscaras del Teatro Real, del Círculo de Bellas Artes y para los espectáculos de Tórtola de Valencia, evolucionando hacia unas líneas claras y fluidas, estilización y elegancia características de la Belle Époque.


Posteriormente viaja a Barcelona y a Londres, a cuya pujante burguesía plasma en los dibujos que publica en España en las revistas La Esfera, Nuevo Mundo, Blanco y Negro y ABC. En 1915 vuelve a establecerse en Madrid, donde se convierte en colaborador habitual de la casa Gal, con un estilo que va dejando atrás el modernismo para imbuirse en un creciente Art Déco, especialmente a partir de 1917, tras el impacto que le producen los Ballets Rusos. Durante las décadas de 1920 y 1930 sus colores se hacen más ácidos, su línea se torna más marcada y desaparece el sombreado. En 1925 recibe la medalla de oro en la Exposición Internacional de Arte Decorativo de París. En esta etapa, su trabajo abarca desde la confección de carteles para la industria cinematográfica hasta la colaboración en editoriales y publicaciones periódicas varias y el diseño gráfico de anuncios publicitarios, como el del jabón Heno de Pravia.

Los años cuarenta están protagonizados por sus viajes por Latinoamérica, cuya bonanza económica favorece la publicación de sus dibujos, especialmente en Chile y Argentina. Finalmente, en 1953 regresa a Madrid, donde muere al año siguiente.

Arte Erté

Después de salir de Rusia, Erté empezó su carrera como diseñador e ilustrador de moda en París, en 1911. Pronto fue contratado por Paul Poiret, con el que trabajó hasta el estallido de la primera guerra mundial. Por esos tiempos empezó a ilustrar para el Harper´s Bazaar de Hearst (Citizen Kane), una revista en la que trabajó durante 22 años. Cuando finalizó su contrato continuó diseñando para teatro y para películas de la Metro-Goldwyn-Mayer.

Alix

Una de las diseñadoras presentadas en el Pavillon d´Elegance en la Exposición Internacional de París en 1937 fue Germaine Emilie Krebs, mejor conocida como Madame Grès, pero en 1930 conocida también como Alix, el nombre de su primera tienda. Originalmente deseaba ser escultora, el sello de su estilo fue inspirado por la antigua Grecia. Utilizando jersey blanco de seda, drapeaba la tela directamente sobre su modelo. Su maniquí, una vez vestida, solía ser fotografiada junto a una obra de la estatuaria clásica y los profundos pliegues y plisados de la tela complementaban el fluido drapeado de la escultura, recapturando algo de esa belleza eterna. Su vestido “columna griega” fue retratado por Man Ray para la portada de Harper´s Bazaar de 1937.

Fuente: Moda y Vestido
http://williamcruzbermeo.com

La extraña pasajera

Now, voyager. La extraña pasajera

Director: Irving Rapper

Vestuario: Orry Kelly


La acción se desarrolla en Boston en 1940/41. Narra la historia de una mujer atormentada, Charlotte Vale (Bette Davis), que vive sometida a los caprichos de su madre, que la desprecia y se burla de ella. Sumida en una profunda tristeza, su hermana Lisa (Ilka Chase) la hace visitar por un psiquiatra, el Dr. Jaquith (Claude Rains), que le aconseja unas semanas de descanso en el Sanatorio Vermont.

Ya repuesta, realiza un largo viaje, se abre al amor sin escrúpulos ni remordimientos, se transforma en una mujer atractiva, sobre todo elegante, y descubre el amor junto a un hombre casado Jerry Durrance (Paul Henreid) durante un crucero por Sudamérica.

Charlotte sabe que Jerry no puede divorciarse de su esposa y a su regreso a Boston se promete en matrimonio con otro hombre. Cuando Jerry se cruza nuevamente en su camino, se da cuenta de que todavía lo ama y rompe el compromiso. Su tiránica madre se encoleriza, y en una vehemente riña entre las dos mujeres muere de un ataque cardiaco.

Deshecha, Charlotte ingresa de nuevo en el sanatorio donde recibió inicialmente el consejo psiquiátrico, y conoce a una muchacha muy parecida a ella antes de la transformación. La chica resulta ser hija de Jerry y Charlotte la ayuda a florecer y se la lleva a su casa. Por fin, Durrance le propone matrimonio, pero ella no acepta que abandone a su esposa y se conforma con ser madre adoptiva de la niña.

La película es uno de los más renombrados melodramas románticos del cine americano de los 40. Exalta a la mujer que lucha sola por su independencia y su libertad. El sacrificio por lealtad a un amor imposible, similar al de “Casablanca” responde, también, a los gustos de la época y a las exigencias de la censura.

Como tantas otras veces, Bette Davis contribuyó activamente al enriquecimiento de La extraña pasajera. Las pruebas iniciales de vestuario y maquillaje de Paul Henreid, un actor austríaco de 34 años que hacía su cuarto trabajo en Hollywood, lo mostraban con el pelo engominado hacia atrás y un batín de seda, y Bette se horrorizó al verlo. “Estaba idéntico a Valentino -dice-. No encajaba en nada con su personaje. Creí que era la imagen que él quería proyectar, pero cuando me comentó que la detestaba tanto como yo, insistí en repetir la prueba. Por suerte, mi petición fue aprobada. Con esa imagen habría arruinado la película”.


“No pidamos la luna, porque ya tenemos las estrellas”

Distorsiones. Renacimiento y barroco

Durante el renacimiento el único cambio importante en la indumentaria masculina, aparte de una mayor ornamentación, fue el alargamiento de los calzones, que como era normal, iban muy adornados por quedar a la vista. Por otra parte, la mujer fue luciendo unas prendas cada vez más restrictivas. A principios del renacimiento apareció un corsé largo y rígido en forma de cono, más largo por la parte delantera, que oprimía la anatomía de la mujer. Antes se había utilizado el corsé para realzar la figura pero nunca para distorsionar de tal manera las formas femeninas, ya que el pecho era obligado a sobresalir por encima del corsé.
A partir de la Revolución Francesa (1789-1799) la moda varió enormemente pero la práctica de distorsionar la figura de la mujer persistió. Aunque la rigidez del corse se vió algo aliviada al sustituirse las guías metálicas por huesos de ballena, la moda se hizo algo más incomoda por la costumbre de dar volumen a las faldas con la adición de armazones que podían ser desde bolsas de salvado hasta complicadas armaduras metálicas.

Aunque en el renacimiento las prendas básicas siguieron siendo las mismas que las de la Edad Media, el estilo relativamente natural fue sustituido por formas complicadas, encajes y forros que proporcionaban un aspecto de rigidez. Esto era, en parte, consecuencia del extremado formalismo de las cortes tradicionales de los Habsburgo, especialmente de la casa de Austria en España. Los escasos intentos por eliminar esta rigidez de la moda europea no fueron seguidos por la corte española, como lo demuestran las enormes faldas armadas de los retratos de la familia real del pintor Diego Velázquez.