El ajuar de los niños

(una) túnica de color gris, el cabello corto y un adorno de plumas blancas, sostenido por una honda de lana enrollada alrededor de la cabeza, sandalias de cuero y una chuspa tejida con lana de varios colores.
quemada por un rayo, sentada con las piernas flexionadas, el rostro alto.
(ella) un vestido de color marrón claro ajustado en la cintura con una faja multicolor, un manto sostenido por un prendedor de plata a la altura del pecho, el cabello lacio, dos trenzas,
como sinónimo de belleza y jerarquía: el cráneo de forma cónica.
(tres) un vestido de color marrón claro ajustado en la cintura por una faja con dibujos geométricos, un manto gris con guardas rojas sostenido por un prendedor de plata a la altura del tórax.
el rostro pintado con pigmento rojo

Llullaillaco
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Disfraces del dolor

De un tiempo a esta parte las personas más modestas confeccionan trajes que recuerdan sucesos especialmente sangrientos de la revolución cultural. Muchos han ido recolectando, con paciencia, retazos de uniformes militares para recrear los trajes utilizados por los comisarios del pueblo en los momentos más crudos de las razzias emprendidas para limpiar la sociedad.

Mario Bellatin
La escuela del dolor humano de Sechuán

Drag


-¿Por qué se maquillan, se pintan las uñas, se criban de aros?
-Enfatizamos la imagen porque si los pibes se parecen a nosotros, esto es una etapa en su camino para individuarse. No pienso que quieran ser como yo. Más bien, sólo quieren mostrar que no son como cualquiera. No creo que estén tratando de volverse copias de a uno por uno. Nuestro aspecto es una expresión de nuestra manera y pienso que los chicos lo eligen por un motivo, para manifestar que no quieren ser papeles de la moda. Lucir como nosotros no es estar a la moda. Aprenden que pueden expresar su sentir de cualquier manera. No escuchen a las estrellas, ni a los padres, ni a nadie… ¡Hagan lo que quieran!

El diablo en el pelo
Roberto Echavarren

Rose Bertin, Ministra de modas II

Rose Bertin comenzó su carrera haciendo sombreros en Paris alrededor del 1770, captando la atención de la duquesa de Chartres, quien se volvió su clienta y la presentó a la emperatriz Maria Teresa. La reina húngara estaba a disgusto con el estilo de vestidos usados por su hija, Marie Antoniette y Rose Bertin fue comisionada a transformar a la mujer que se convertiría en la mas extravagante y famosa reina de Francia.
Los trajes de Rose para la delfina deslumbraron a la corte francesa, mas incomodaban a la emperatriz (Maria Teresa), quien se lamentaba diciendo que su hija ahora vestía tan exageradamente como una actriz en escena.
A medida que la reina Maria Antonieta dedicaba mas tiempo y dinero a la moda y sus extravagancias rozaron el nivel del escándalo nacional, el salón de Rose Bertin se volvía el centro de moda de Paris. No solamente vestía a Maria Antonieta dos veces a la semana creando nuevos diseños sino a la mayoría de la aristocracia francesa, a la reina de Suiza, de España, la Duquesa de Devonshire y a la Zarina de Rusia.
A principios del mes de Junio de 1791, previo al plan de escape de Maria Antonieta y su esposo, arreglado para el 20 de ese mes, la reina ordenó a Rose Bertin una gran cantidad de trajes para viajar. El descubrir la orden, se cree, fue la confirmación de la sospecha del plan de escape de la familia real fuera de Francia.
La reina y su esposo fueron capturados, encarcelados y guillotinados. Rose Bertin se fue a Frankfurt, luego se mudó a Londres, donde continuó diseñando para la nobleza europea y asiática.
Rose Bertin murió en 1812 durante el reinado de Napoleón Bonaparte. Su fama mundial hizo llamar la atención sobre las personas que diseñaban trajes y en Paris, los salones y diseñadores comenzaron a colocar etiquetas con sus nombres en las prendas de vestir.

Hilvane y arme la prenda según las explicaciones del modelo


Era casta de soledades. La conocían todos. Alta y delgada, como una aguja: hace la ropa, pero no la visten.

Quiso ser modista y terminó de costurera.

Pasaba la tarde entre ojales y rebajes, únicamente para matar el tiempo. Las señoras nunca se quejaron, salvo de un retraso.


Matías Celedón
Trama y Urdimbre