Maestros: Dovima / Avedon

Dorothy Virginia Margaret Juba, también conocida como Dorothy Horan o Dovima, fue una modelo estadounidense de los años 50. Cuando tenía 10 años sufrió de fiebre reumática y fue en aquellos tiempos cuando inventó una amiga imaginaria llamada “Dovima”, palabra creada al tomar las dos primeras letras de sus tres nombres.
En 1949 un editor de la revista Vogue se acercó a ella y al día siguiente estaba posando frente a Irving Penn y otros fotógrafos de renombre.

Apareció en la portada de importantes revistas de moda y tuvo una cercana relación con Richard Avedon, quien la inmortalizó al fotografiarla entre dos elefantes del Cirque d’Hiver en agosto de 1955. El traje negro que usó en aquella fotografía fue el primer vestido de noche que Yves Saint Laurent diseñó para la marca Christian Dior.

En 1957, Dovima interpretó a Marion en la película Funny Face. El film, que fue nominado a cuatro premios Óscar, estaba basado en la vida del mismo Richard Avedon y narraba la historia de un exitoso fotógrafo de modas que intentaba convertir a una vendedora de libros en modelo.
Avedon comenzó su carrera profesional en 1950 realizando espléndidos trabajos de moda para la revista Harper’s Bazaar, donde acabó convirtiéndose en Jefe de Fotografía. Posteriormente, habría de colaborar igualmente con otras revistas como Vogue, Life y Look. Sin duda alguna, fue el gran fotógrafo de la moda durante los años 1960 y 70. En sus trabajos consiguió elevar la fotografía de moda al rango de lo artístico, al conseguir acabar con el mito de que los modelos debían proyectar indiferencia o sumisión. Por el contrario, en sus fotografías los modelos eran personajes libres y creativos en sus gestos, dentro de escenarios dinámicos y bajo esquemas compositivos previamente decididos.
Dovima murió el 3 de mayo de 1990, a la edad de 62 años, en Fort Lauderdale, Florida. Luego de su muerte, Richard Avedon dijo: «Ella fue la última de las bellezas aristocráticas, elegantes… La más notable y original belleza de su época».
El 25 de septiembre de 2004 mientras se encontraba en San Antonio, Texas, en una sesión fotográfica para un proyecto encargado por la revista The New Yorker, Richard Avedon sufrió una hemorragia cerebral. Murió en la misma ciudad el 1 de octubre.

(G)loves Story

Ya nadie arroja el guante en señal de desafío para retar a duelo. En todo caso, alguien podrá dejarlo caer con la gracia de un párpado entornado.

Aunque resulte paradójico, el guante le confiere desnudez a la mano: al ocultar, descubre. Quizás resida allí el misterio de su sensualidad, difícil sustraerse a su connotación erótica. Quienes recuerden el lento streptease de Rita Hayworth en Gilda –strapless negro y un interminable guante de satín (Jean Louis interpretando a Madame X de John Singer Sargent) –estarán de acuerdo en que le bastó desenfundar su mano para desnudarse hasta el alma.
¿Habrían tenido igual significado las cartas amorosas de Armando si Margarita Gautier no las hubiera escondido entre la palma de su mano y la textura del guante?
¿No suena perturbador el latido secreto de un reloj abrochado en una muñeca enguantada?
Hay una leyenda que entrevera guantes, mujeres y leones. La historia de la dama que arroja su guante blanco a la jaula de los leones para probar al amor de su pretendiente fascinó a los españoles que la hicieron suya en la figura de Manuel de León, personaje del tiempo de los Reyes Católicos. “¿Cuál será aquel caballero/ de esfuerzo tan señalado/ que saque de entre los leones/ mi guante tan preciado?” Manuel se juega, recoge el guante y al entregárselo a su novia le aplica un bofetón para que aprenda. Final feliz, casamiento y moraleja: la vida de un hidalgo vale más que un guante y un valiente que castiga lo malo, buen marido ha de ser


Buenos Aires, década del 40, boquitas pintadas y combinaciones de satín y lunares. En una casa con jardín y escalinatas en la calle Aguilar (Belgrano) una alemana fabricaba guantes de jersey, de napa y de fina cabritilla, terminados a mano y rematados delicadamente con bordados de rositas al tono.
El negocio de la calle Santa Fe al 2400, propiedad de la señora Acevedo Díaz, también vendía guantes, medias y carteras. A el concurrían elegantes de alcurnia a las que había que tratar de señoritas, aunque no lo fueran.
No solo para fiestas y casamientos, los guantes también se imponían para un te en La París o para un copetín en El Galeón.
Más tarde, en los 50, los guantes eran blancos, cortos, molestos y olvidables, sobre todo los de la mano derecha, tan proclives a morir de abandono en la oscuridad de un cine o en los bancos de la Plaza San Martín.
En 1986, la tradicional casa Carpincho, de la calle Esmeralda, auspició un desfile inédito, un desfile de guantes. Multicolores, largos, cortos, para la noche y para toda hora, volvieron a despertar la atención de las manos femeninas, en un retorno que poco tiene de revival: hoy son moda.

Más leyendas sobre guantes

Cuenta la leyenda que mientras Afrodita, diosa del amor y de la belleza perseguía en los bosques al hermoso Adonis, se lastimó las manos con unas espinas. Las Gracias, divinidades secundarias, en cuanto oyeron sus lamentos acudieron presurosas y tuvieron la idea de unir unas tiras delgadas y livianas que adaptaron a las preciosas manos de la diosa. Podríamos suponer, entonces, que las Gracias fueron las inventoras del guante. Sin embargo el celebre general e historiador griego, Jenofonte, afirma que los persas en invierno después de cubrirse los pies y la cabeza, usaban mitones (guantes); estos accesorios estaban muy difundidos entre otros pueblos de Asia Menor y tanto los etruscos como los egipcios conocían su uso desde tiempos antiguos.
En el siglo IV de nuestra Era, para los caballeros los guantes eran un objeto de lujo, un símbolo de elegancia y un distintivo de casta. Durante la Edad Media las armaduras de los hidalgos incluían manoplas de acero, pero con el refinamiento, las manoplas aceradas se transformaron en guantes de terciopelo muy fino a veces adornados con perlas y piedras preciosas. Sin embargo la tradición y la ética no permitía el uso de guantes a las damas.
Hacia el siglo IX, al empezar las damas a llevar los guantes, los fabricantes emplearon diversos materiales para confeccionarlos, dándoles curiosas formas. En los siglos XII y XIII Italia, España y Francia rivalizaban en la industria del guante.
Los guantes venecianos fueron celebres, no tardaron en ser perfumados y estuvieron mucho tiempo en boga, aunque Venecia también los importaba de Oriente.
Maria Estuardo, la reina Isabel y Catalina de Medicis dieron mucha importancia al lujo de sus guantes. Intrigante y defensora de sus hijos, la reina consorte de Francia, no dudó en emplear los más potentes venenos contra quien se ponía en su camino. Así lo hizo con Juana de Navarra, una fanática hugonote que murió misteriosamente tras recibir unos hermosos guantes perfumados, como regalo de Catalina, fabricados por un prestigioso artesano italiano. Eso cuenta la leyenda…

Guantes

La evolución de los guantes se debió a la necesidad de proteger las manos contra el frío y los efectos del duro trabajo manual. En el norte de Europa, se hallaron los “guantes de bolsa”, fundas de piel animal que llegaban hasta el codo, de unos diez mil años. Por la misma época, aparecen también los mitones.
Los primeros pueblos que habitaron las tierras cálidas lindantes con el Mediterráneo utilizaron guantes para la construcción y las labores agrícolas. Hacia el 1.500 a.C., los egipcios fueron los primeros en hacer de los guantes un accesorio decorativo. En la tumba de Tutankhamon, se hallaron un par de guantes de suave tela de lino envueltos en varias capas de tela, así como un solo guante tejido con hilos de varios colores. La separación entre el pulgar y los demás dedos no dejan duda de que hace al menos 3.500 años ya se usaban guantes con toda la forma de la mano.
En la Edad Media formaron parte casi exclusivamente del atuendo masculino caballeresco y, hasta el siglo XV, sólo los hombres de la nobleza los usaban, como símbolo de pertenencia a una clase social. Hasta el siglo XVI no se convirtieron en prenda de uso femenino, por iniciativa de Catalina de Médicis, reina de Francia.

Joven mujer con guantes
1930, Tamara Lempicka

Turismo vascongado

En Bayona, la boina y la alpargata anuncian al país vascongado. Los semblantes ofrecen características de pureza étnica que en vano buscaríamos por los barrios de París. Una iglesia, severa a pesar del realismo incipiente de sus imágenes, nos recibe con un letrero en que se lee:

“Las señoras vestidas de modo indecoroso deben abstenerse de entrar en la iglesia”.

Pero, ¿a qué le llamará el buen párroco “vestirse de modo indecoroso? Porque, de acuerdo con la multiplicidad de modas impuestas en las playas actuales (¡no olvidar que estamos a unos kilómetros de Biarritz!), es difícil saber ya dónde termina el bien y comienza el mal.
En materia de indumentaria femenina, lo que era perfectamente indecoroso hace años, se ha vuelto ahora atributo de una mojigatería imperdonable. ¿Indecorosos los brazos desnudos, la piernas sin medias? ¿Qué diría el excelente cura de Bayona si su iglesia fuera visitada por algunas muchachas adictas al short, ese pantaloncito corto que hizo furor, este año, en todas las playas de Europa? ¡Oh, señor! ¡Cuán oscuros son los designios de la Providencia…!

De crónicas de España (1925-1937)
Alejo Carpentier