Gilda y Madame X

Uno de los más famosos trajes de Marilyn, el que vestía cuando le cantó a Kennedy el celebérrimo Happy birthday, fue obra de un experto en símbolos sexuales: el diseñador y vestuarista Jean Louis, que pasaría a la historia por el traje negro de Rita Hayworth en Gilda; aquella inteligente y bella mujer que todo hombre desea.
Llevando un escote que a partir de entonces se llamaría “Gilda” y moviéndose al compás de la canción “Put the Blame on Mame” (que canta con una voz prestada), mientras se quita elegantemente aquel guante… Rita Hayworth se convierte, así y para siempre, en una de las míticas mujeres fatales.
Aquel modelo de Jean Louis, que volvió locos a los hombres de medio mundo, estaba inspirado en un cuadro de John Singer Sargent, el retrato de Madame X, pintado entre 1883 y 1884. Cuando “Madame X” fue mostrado en el Salón de 1884 se convirtió al instante en un escándalo en la sociedad francesa como consecuencia de su marcada postura sexual y el color pálido de su piel. La Señora X era en realidad la Señora Gautreau (1859-1915) dama reconocida de la sociedad parisien de la época, por su belleza y por su estilo en el vestir, justamente una de las cosas que se reprochaban del lienzo.

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Impermeables

En el siglo XVI los conquistadores españoles observaron que los nativos del Nuevo Mundo recubrían sus capas y mocasines con una resina blanca procedente de un árbol local: la hevea del Brasil. Su blanca savia se coagulaba y secaba con rapidez, sin dejar rígido el tejido.
Los españoles dieron a esta sustancia el nombre de “leche de árbol”, y, copiando el método de los indios con su “sangrado” de los árboles, aplicaron el líquido a sus casacas, capas, sombreros y pantalones, así como a las suelas de su calzado. Estas prendas repelían efectivamente la lluvia, pero con el calor del día el recubrimiento adquiría una consistencia pegajosa y se adherían a él hierbas secas, polvo y hojas muertas que, al refrescar por la noche, quedaban incrustadas en las ropas.
Esta savia fue introducida en Europa, y científicos notorios hicieron experimentos para mejorar sus propiedades. En 1748, el francés François Fresneau descubrió un procedimiento químico que favorecían una mayor flexibilidad y menos pegajosidad, pero los aditivos químicos despedían un olor sumamente desagradable.
Fue en 1823 cuando el químico escocés Charles Macintosh, realizó un descubrimiento trascendental que inició la era de las modernas prendas impermeabilizadas, pegando al tejido capas de caucho tratado con nafta.

Maestros: Poiret

Paul Poiret nació el 8 de abril de 1879 en un ambiente propicio a los placeres sensuales, pues sus padres eran comerciantes de telas en el barrio de Les Halles.
Comenzó a trabajar como chico de los recados en el taller de un paragüero, de donde tomaba retales de seda con los que elaboraba extravagantes creaciones que hacían las delicias de su madre y hermanas.
Su talento como dibujante le procuró un puesto en el taller del famoso modisto Doucet, de quien aprendió el arte de la costura y la buena vida.
En 1901 ingresó en el taller Worth, el más importante del momento y dos años después montó su propio salón de moda.
Encontrando ridículas a las mujeres de busto curvo y trasero prominente Paul Poiret comenzó su batalla contra el corsé. En 1906 diseñó un traje sencillo, entallado directamente bajo los pechos y que caía recto hasta los pies. La nueva mujer del diseñador era modesta, joven y de movimientos descaradamente libres. Bajo sus vestidos se escondía una hermosa figura y no un buen corsé.
Lamentablemente su estilo pronto comenzó a degenerar. Cada vez subía más el talle, y en consecuencia, los pechos. Además, sus escotes eran cada vez más pronunciados y sus faldas más estrechas. En 1910 lanzó la falda trabada, que obligaba a las mujeres a ir dando pequeños pasitos. En esta ocasión las mujeres no siguieron los dictados del genio.
Esto no preocupó mucho a Poiret, que siguió vistiendo a la mujer a su antojo, con caftanes, quimonos y pantalones bombachos, y cubriéndola con velos, túnicas y turbantes. El lujo en todo su esplendor, bordados de vivos colores, puntillas de oro y plata, perlas y plumas. Lo oriental era el último grito tras el éxito en 1909 de los Ballets Rusos en París, que influenciaron las artes, la moda y, en definitiva, el estilo de la década.

Trajes de baño II

La australiana Annette Kellerman, que tras sufrir poliomielitis había recuperado las fuerzas y la salud gracias a la natación, se convirtió en la primera gran campeona de este deporte. Se dedicó a demostrar su nivel enfrentándose a los hombres y, en 1900, causó un gran escándalo en Estados Unidos al presentarse vestida con un maillot similar al de ellos, en una competición. La policía la detuvo, pero los periódicos del mundo entero publicaron su foto. Desde entonces hubo un único traje de baño para todos.
Habrá que esperar al 3 de julio de 1946 para ver el primer desfile de modelos en los trampolines de la piscina Molitor de París. Ese año, los americanos habían realizado ensayos con la bomba atómica en el atolón Bikini, en el archipiélago de las Marianas. Inmediatamente la casa Reard lanza su propia bomba en Francia: un bañador de dos piezas reducidas al que llaman bikini. El ombligo deja de ser un secreto. El atuendo resultaba tan audaz para la época que las modelos se negaron a pasarlo, por lo que tuvo que ser una bailarina del Casino de París, Micheline Bernardi, quien lo exhibiera públicamente.
En 1964 aparece en monokini, sólo la parte inferior. La tanga, un cordón entre las nalgas y un triángulo por delante, es la última transformación del bañador.

Trajes de baño I

Hacia 1780 se inicia en el sur de Inglaterra la moda de los baños de mar, pero hay que esperar treinta años para ver, en el verano de 1812, a la reina Hortensia lucir en Dieppe lo que podría considerarse el primer traje de baño moderno: un conjunto de punto, color chocolate que consistía en una camisa bordada cubierta por una túnica de manga larga, con pantalones a la turca ceñidos a los tobillos y, en el pelo, una carlota inspirada en el gorro de dormir.
Ese fue el arquetipo de traje de baño femenino, vigente hasta finales del siglo XIX: debía estar exento de cualquier connotación erótica. Para ello se usaron colores lo menos favorecedores y más oscuros posibles: tras el color chocolate de Hortensia vinieron los marrones, los grises oscuros, los burdeos y el negro.
Hasta la segunda mitad del XIX, los caballeros llevaron un traje de punto de una sola pieza, combinación de calzoncillo y camiseta, normalmente a rayas.
Las señoras, cubiertas con una capa hasta los pies, corrían con el sombrero y los zapatos puestos, desde la caseta hasta la arena húmeda. Se quitaban la capa y los zapatos antes de meterse en el agua hasta las rodillas. Se salpicaban un poco unas a otras y, tiritando ostensiblemente, volvían a ponerse el albornoz y regresaban corriendo. Frecuentemente las casetas eran rodantes, tiradas por mulas, y entraban hasta el agua, para que se pudiera entrar y salir directamente, sin fatigarse.