Billy Pilgrim. Matadero Cinco.

Billy Pilgrim tenía una figura insensata: metro ochenta y ocho de estatura y un pecho semejante a una caja de cerillas.
No tenía casco, no tenía guerrera, no tenía armas, no tenía botas. Llevaba los pies metidos en unos zapatos de calle baratos —los mismos que había calzado en los funerales de su padre— a uno de los cuales le faltaba el tacón, lo que le hacía andar oscilando arriba-y-abajo, arriba-y-abajo. Este baile involuntario, arriba-y-abajo, arriba-y-abajo, le producía escozor en la articulación de la cadera. Su indumentaria, consistía en una chaqueta deportiva delgada, una camisa, unos pantalones de lana de la que pica, y unos calzoncillos largos impregnados de sudor.
… llevaba barba, una barba erizada y escasa, algunos de cuyos erizados pelos ya eran blancos a pesar de que Billy tenía veintiún años. Además se estaba quedando calvo y el viento, el frío y el ejercicio violento habían dado a su rostro un color carmesí.

No se parecía en nada a un soldado. Semejaba un mugriento pajarraco.

 Matadero Cinco  
Kurt Vonnegut   

Ejecutivas

 
La serie Dinastía y la película Secretaria Ejecutiva popularizaron el “traje de ejecutiva”, pero la alta costura se había adelantado: la falda tubo blanco y negro, combinada con una chaqueta entallada a juego de Marc Bohan para Dior y las campañas de 1984-85 de Giorgio Armani,  lo pusieron de moda.

Falda tubo, chaquetas entalladas y hombreras.
Las vesiones de Jean Louis Scherrer y Pierre Balmain muestran el diseño extremo de la silueta.

Locas por los chales

Hacia principios del siglo XIX el chal (fichu) se convirtió en una parte fundamental del vestir de la mujer francesa.
Se usaban en cualquier época del año y se hacían de diferentes tamaños, pero siempre se llevaban con aire de gran esmero y cuidado.
Lino, algodón, lana, seda, batista, muselina y encaje eran los materiales para su confección, pero fue con la llegada del cachemir que el chal se hizo enormemente popular.
En 1815, el Journal des Dames et des Modes comentaba: “Las mujeres recordarán la época en que los chales de cachemir eran el no va más de la moda. ¡Las cosas que las mujeres tendrían que hacer para tener estas preciosas piezas! Inventarían 1000 razones para tener una. Las más ricas solo necesitarían decir que era la moda; las mujeres de clase media vestir como las demás, y las más pobres podrían argumentar que el cachemir es bueno para la salud y más duradero que cualquier otra cosa. Aún en el caso de que no hubiera ninguna razón, las mujeres apelarían al refrán: un chal de cachemir es la única prueba aceptable de un verdadero amor”

Las mujeres no querían deshacerse del chal en ningún momento. Lo llevaban continuamente, incluso en los bailes cuando querían llevar algo sobre los hombros de forma clásica o simplemente doblado sobre un brazo.
Largos y finos a modo de bufandas, cuadrados o rectangulares, doblados, envueltos o atados, los chales eran una prenda imprescindible, que complementaba el vestido. Reverenciaba en cierto modo la era clásica.
Alcanzó el máximo de su gloria cuando se le dedicó un famoso baile: la danza del chal, en la que jugaba un importante papel un delicado chal de seda.

Maestros: Lucien Lelong

Desde finales del siglo XIX la casa de costura de Arthur y Eléonore Lelong trabajaba para las cortes extranjeras, pero es en 1910 que su hijo Lucien Lelong aportó a la firma su sentido innovador. Hizo crecer la empresa que en 1926 contaba con mil doscientas personas. Su esposa, la princesa Nathalie Paley, hija del gran duque Pablo de Rusia, viste sus creaciones y las muestra en sociedad. Durante un tiempo  la pareja fue una de las más prestigiosas, si no la mejor considerada, del París de los años treinta.
Nathalie Paley, esposa del diseñador, con un vestido con capa de plumas y paillettes. 1933
Hombre de negocios y director artístico de una empresa que empleaba para el diseño de sus colecciones a modelistas de talento (Pierre Balmain, Christian Dior, Hubert de Givenchy), Lucien Lelong crea en 1935, tras observar los métodos de trabajo americanos, un departamento de vestidos de confección de tirada limitada. Con la marca “Lucien Lelong Edition”, dichos vestidos solo necesitan algunos retoques para poder llevarse. En ellos ya puede verse la señal precursora del prêt-à-porter.
 Mujer en carretilla. Vestido Lucien Lelong.  Fotografía: Man Ray 1937