Medias de Seda

Las referencias a las medias femeninas son extremadamente raras hasta el siglo XVI. Las piernas femeninas, aunque sin duda muy admiradas en privado, nunca se mencionaban en público.
En la Inglaterra isabelina, las medias femeninas entran de pleno en la historia, y con un certero olfato para captar la moda. En textos que se conservan, las medias se describen como de color “escarlata carmesí” y “purpúreo”, y como “embellecidas con exquisitos bordados y curiosos calados por arte de sus confeccionistas”. En el año 1561 Isabel recibió su primer par de medias de seda tejidas, que la convencieron de tal manera, que la decidieron a excluir por el resto de su vida todos los demás tejidos para medias
Fue también durante el reinado de Isabel cuando el reverendo William Lee inventó en
el año 1589 el telar para fabricar mecánicamente las medias. El reverendo Lee escribió que, por primera vez, se confeccionaban medias “en una máquina, a partir de un solo hilo y con una serie de bucles entrelazados”. Aquel año, se inició la industria de la calcetería.


Medias de Seda
Ingredientes:
50 cm3 tequila.
60 cm3 leche condensada.
10 cm3 Granadina.
Procedimiento:
Licuar con hielo. Colar. Servir en copa flauta

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Maquillaje

La gente se maquilla desde la antigüedad, de diferentes maneras y con diferentes artilugios, pero en el fondo siempre surge la misma idea, estar más atractivos mejorando nuestro aspecto externo.
Las mujeres egipcias maquillaban sus ojos y párpados con colores fuertes que obtenían a base de mezclar tierra, cenizas y tinta.
Fueron también las egipcias las que iniciaron la moda de pintarse los labios, lo que hacían con un tinte hecho de ocre rojo y óxido de hierro natural.
Pasando por Grecia y Roma, el maquillaje se perfecciona y empieza a cobrar importancia la piel, que se intenta blanquear con una mezcla hecha a base de yeso y harina de habas. Asimismo, las pestañas se ennegrecían utilizando una mezcla de huevos de hormigas y moscas machacadas.
El verdadero apogeo del maquillaje lo encontramos en la corte de Francia, donde se blanqueaban las caras con polvos y una crema nacarada brillante a base de azufre que había provocado envenenamientos mortales.
1880 supone el inicio del maquillaje moderno, aparece por primera vez el rojo de labios, que consistía en una pomada compuesta por mantequilla fresca, cera de abeja, raíces de un colorante natural (orcaneta) y racimos de uvas negras sin pulpa que colorea sin producir efectos secundarios.
Desde entonces hasta hoy, la cosmética se ha transformado en un inmenso y poderoso mercado dedicado sobre todo a la mujer y a mejorar su imagen con toda clase de productos elaborados de forma industrial.

Adrian



Adrian Gilbert, cuyo verdadero nombre era Adrian Adolph Greenburg, fue una de las figuras precursoras del diseño y el arte creativo aplicado al glamour del mundo del cine.
Desde su adolescencia mostró un talento innato e imaginativo a la hora de plasmar sus ideas en vestidos.
Comenzó diseñando los vestuarios de Joan Crawford en 1929, mostrando una clara tendencia hacia lo exuberante de los volados junto a lineas rectas y ajustadas.
Diseñaría asi el vestuario de las actrices más importantes de M.G.M en más de 200 películas:
las célebres zapatillas bordadas en rubíes que permitían a Dorothy (Judy Garland) encontrar el camino a Kansas, el vestido de organdí blanco y volados llamado “Letty Lynton”, para Joan Crawford en la pelicula homónima, los vestidos, sombreros y peinados que lució Greta Garbo en infinidad de films.
Entre sus exagerados diseños no se puede omitir la bata adornada con diamantes y los abrigos de bengalina bordados con hilos de oro y salpicados con brillantes y esmeraldas para el personaje de Margarita Gautier en La dama de las camelias, los vestidos de terciopelo y encajes originales para María Antonieta, los atuendos cruza de Bettie Page y Gatubella que inauguraron el estilo sadochic para la película Madame Satán de Cecil B. DeMille, asi como los fabulosos trajes de El Gran Zigfield, una superproducción para la que hubo que contratar cien costureras extras.
Cuentan que al enterarse de su muerte, Greta Garbo perdió la compostura y corrió a abrazar los guantes blancos bordados con perlas y sus iniciales, que él le regaló como recuerdo de La dama de las camelias.

Holly Golightly

… Era una noche calurosa, casi de verano, y Holly llevaba un fresco vestido negro, sandalias negras, collar de perlas. Pese a su distinguida delgadez, tenía un aspecto casi tan saludable como un anuncio de cereales para el desayuno, una pulcritud de jabón al limón, una pueblerina intensificación del rosa en las mejillas. Tenía la boca grande, la nariz respingona. Unas gafas oscuras le ocultaban los ojos. Era una cara que ya había dejado atrás la infancia, pero que aún no era de mujer. Pensé que podía tener entre dieciséis y treinta años; resulto finalmente que le faltaban dos tímidos meses para cumplir los diecinueve.

Desayuno en Tiffany´s Truman Capote

Paraguas, sombrillas y parasoles.

Su uso comenzó hace 3.400 años, como parasol, en la Mesopotamia. Y en la antigua Grecia las mujeres ya lo usaban para resguardarse de la lluvia.
Los primeros paraguas registrados como tales en la historia son de 1637 y figuran en el inventario de efectos personales dentro de la familia de Luis XIII, rey de Francia. En los dos siglos siguientes el paraguas fue considerado como un utensilio estrictamente femenino, quizás por derivar de la sombrilla o quizás porque era un accesorio para cuidar los complicados accesorios del cabello. Su peso habitual era cercano a los dos kilos, hasta que en 1852 Samuel Fox (de Yorkshire, Inglaterra) consiguió acoplar la tela impermeable y las varillas de acero plegables, creando un formato que se ha mantenido hasta hoy.
Algunos hombres se atrevieron a usar paraguas en público, pero fueron considerados audaces, extravagantes o afeminados. El adelantado en la materia fue el filántropo Jonas Hanway, en Londres, hacia 1750. Había vuelto de un largo viaje por Rusia y Persia, de donde trajo la innovación, pero durante unos treinta años no tuvo imitadores. Uno de sus biógrafos señala que Hanway “se vio obligado a sufrir los insultos de los cocheros y la crítica de las personas devotas, quienes sostenían que el hombre desafiaba el propósito celestial de la lluvia, que era empapar a la gente”.