Maestros: Manuel Pertegaz

Aunque aragonés, Manuel Pertegaz (Olba, Teruel, 1918) se trasladó con su familia a vivir a Barcelona y poco después abandonó el colegio para comenzar a trabajar en una sastrería (1930). Su carrera fue meteórica y con tan sólo 25 años abrió su primera casa de modas de alta costura. Empezó a ser conocido internacionalmente cuando en 1954 llevó sus vestidos hasta la lujosa y elitista Quinta Avenida de Nueva York junto a Valentino, Pierre Cardin, Emilio Tucci, Pierre Balmain y las hermanas Fontana, entre otros. 

En 1957, cuando Christian Dior murió, se barajó su nombre para sucederle, pero él decidió quedarse en España.   A finales de los años 60 intuyó que la moda iba a sufrir un cambio, de ahí su fama de precursor. “En aquella época tenía mis mitos de la gran pantalla: Greta Garbo, Joan Crawford, Katharine Hepburn, eran mujeres que me encantaban; su manera de moverse, su personalidad, su forma de actuar de una elegancia muy seductora”.

Durante la época franquista, vistió a la esposa del dictador, Carmen Polo, a la marquesa de Villaverde, y entre las actives a Paulette Godard y Ava Gardner; algunas de ellas fueron sus amigas, como Audrey Hepburn, Jacqueline Kennedy, Marisa Berenson, María Teresa Bertrand, Aline de Romanotes y la reina Sofía.En 2004 realizó el vestido de novia de Leticia Ortiz, la esposa del heredero del trono de España, Felipe de Borbón.

De cierres y cremalleras

Las cremalleras no se idearon para competir con los botones, sino como dispositivo para cerrar las altas botas del siglo XIX, sustituyendo los largos cordones.

El primer modelo, todavía muy rudimentario lo patentó Whitecomb Judson, un mecánico de Chicago, el 29 de agosto de 1893, y uno de sus primeros pedidos fue para cerrar veinte sacas del Servicio de Correos de los EEUU, pero los atascos eran tan frecuentes que fueron retiradas.
Tras la muerte de Judson en 1909, el ingeniero sueco-americano Gideon Sundback, perfeccionó el invento, fabricando, en 1913, un instrumento más ligero y fiable, cuyos primeros pedidos fueron para las tropas durante la I Guerra Mundial.
En 1920 empezaron a usarse en las ropas de paisano, aunque aun no resultaban muy practicas: las piezas metálicas solían oxidarse y, por lo tanto, había que descoser la cremallera antes de lavar la prenda.
En 1923, la B. F. Goodrich Company presentó unas botas de goma con cierre y al propio Goodrich se le atribuye la invención del nombre onomatopéyico “zipper”, basado en el ruido de la cremallera al cerrarse.
En 1935 la diseñadora Esa Schiaparelli presentó una colección con cremalleras de todos los tamaños, algunas de las cuales eran meramente decorativas. Fue la consagración definitiva de la pieza.

Arquitectura y moda


Algunos de los llamados complementos de la ropa, funcionan claramente como intermediarios entre las funciones de la arquitectura y el vestido: el ala del sombrero que además de proteger del sol oculta el rostro cuando es más discreto; el abanico que aumenta la ventilación existente si se precisa; o la sombrilla y el paraguas que resguardan del sol y la lluvia cuando se está a la intemperie.

Al realizar estas funciones, el vestido lo hace físicamente en una proximidad total al cuerpo humano, vistiéndole o revistiéndole, en mayor o menor inmediatez según épocas y ocasiones. El miriñaque y el polisón del siglo XIX, con su estructura sustentante, ocupan en este aspecto un lugar intermedio entre el traje habitual y la arquitectura, igual que lo hacen las camas con dosel, vestidas con cortinas.

Venus defectuosas

Barbra Streisand tuvo que defender el tamaño de su nariz como si fuera su patria; los pies de Sofía Loren eran mucho más grandes que los de su amante Carlo Ponti; Liz Taylor puede caerse al suelo bajo el peso de sus pechos y entonces sí tendría pretextos para decir su célebre frase “soy lo que queda de mí”.

Los vestuaristas, mucho antes que los cirujanos, han practicado la corrección indolora del corte y la confección para mejorar lo que naturaleza no da y Salamanca no presta. El genio de Adrián, vestuarista estrella de Cecil B. de Mille, remodelaba a las venus defectuosas.


–Sí, las divas eran divinas, pero de cara:  Norma Schearer tenía talle largo y piernas regordetas. Greta Garbo era chata de busto y encorvada. Constance Benett tenía omóplatos como alas. Joan Crawford, cuando Adrián la vio –él mismo lo cuenta– se preguntó por dónde empezar. En Letty Linton se vio obligado a hacerle mangas como faroles chinos. Es que tenía una cabeza enorme.