Historias de Hollywood V

Grace Kelly fue soberbiamente vestida por una diseñadora legendaria: Helen Rose, que creó los vestidos de princesa que Grace lució en una película profética: “El cisne”, y en su último filme: “Alta sociedad”. Fue también la diseñadora de su traje de novia, elaborado con un encaje de cien años de antigüedad que compró a un museo. Aquel vestido fue el secreto más celosamente guardado de la Metro, y viajó desde América a Mónaco en un baúl parecido a un ataúd para esquivar la curiosidad de los paparazzi.

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Elegancia se dice Erté

Ruso de nacimiento, el aristócrata Romain de Tirtoff, es rebautizado Erté (pronunciación francesa de sus iniciales) cuando se traslada a Paris en 1912.
Allí su carrera lo lleva a trabajar para Poiret, la casa de Alta Costura más importante del momento, a diseñar el vestuario de operas y obras de teatro y los trajes gloriosamente extravagantes del vestuario del Folies-Bergere, blanco de los escándalos de Paris, explotando al máximo su gusto por lo exótico y lo romántico.
En 1925, es invitado a Hollywood, como vestuarista de películas, por Louis B. Meyer, jefe de la Metro-Goldwyn-Meyer.
Como ilustrador de modas trabajó para “La Gazette du Bon Ton” y para “Harper´s Bazar” durante 22 años, produciendo cerca de 250 cubiertas, innumerables dibujos y algunas de las mujeres más encantadoras.
En 1988 sus mágicos y elegantes diseños para el musical “Broadway Stardust” le valieron el titulo de “príncipe del teatro de variedades”
Murió en abril 1990 a los 97 años.

Maestros: Fortuny

El modelo Delfos creado en 1907 fue calificado de inmediato como obra de arte. Inspirado en los chitones de la Antigua Grecia, era un vestido que sin mostrar nada, tampoco escondía y proporcionaba a la mujer la libertad de movimientos que anhelaba. Así, esta túnica de seda plisada que caía desde los hombros hasta los pies sin costuras, se convirtió en el último grito entre las estrellas de la danza moderna, como Isadora Duncan o Martha Graham.
Mariano Fortuny nació en Granada en el seno de una familia de artistas. Se consideraba únicamente pintor, aunque desarrolló talentos de lo más dispares. Fue ingeniero, fotógrafo, inventor, impresor, coleccionista y descubridor.
Su interés por las telas y los colores le llevó a trabajar con terciopelos, sedas y a experimentar con las técnicas del estampado.
El Delfos nació de un simple retal de seda que Fortuny consiguió plisar de forma permanente con un método secreto que todavía no ha logrado aclararse. Otro misterio lo constituyen los sutiles matices cromáticos de la tela. Todos estos detalles convirtieron al vestido de Fortuny en una pieza de museo.

Viejo Buenos Aires de 1810

Los miriñaques cayeron en desuso junto con la cabeza de Maria Antonieta, y desde la Revolución Francesa -cuyos ideales habían enraizado bien en un sector de la sociedad porteña- en cuestión de modas, primaba el que pasaría a la fama con el nombre de Estilo Imperio gracias a Napoleón Bonaparte. Las damas usaban lánguidos vestidos de talle alto, sin mucho frunce, al punto de llamarlas faldas de medio paso, de telas ligeras aun en el crudo invierno, no se usaba demasiada ropa interior ni siquiera como abrigo, de modo que la enfermedad en boga de 1810 era de ‘la enfermedad de la muselina’: un resfrió pertinaz y tos que no se curaban hasta la llegada del calor. Peinetas si se usaban, pero no esas rejas de arado de 1840, sino que eran pequeñas y se usaban para sostener el cabello: no se habían inventado los invisibles, la hebilla francesa, ni los broches para el cabello, como tampoco la permanente. Los rizos se hacían día a día, con una tenacilla de rular, un hierro candente que requemaba el pelo de las pelilacias, de ahí que primaran los recogidos con un aire ‘clásico’.
El pueblo, se cubría la cabeza con un buen poncho de vicuña, más criollo y menos romántico, pero más abrigado que los chales. Como primaban los aires afrancesados, la clase alta usaba sombreros de forma vistosa. Las mantillas de encaje, eran para la iglesia, que se usaron hasta bien entrado el siglo XX. Los hombres también seguían la moda francesa, con ajustados calzones que los hacia parecer en ropa interior, medias a la rodilla de seda, chapines o zapatos bajos y chatos; y lo que faltaba de ropa debajo de la cintura sobraba por arriba: dos o tres camisas, chaleco, pañuelo de varias vueltas al cuello, chaleco y como abrigo, una especie de saco que se llevaba abierto para lucir la ropa de abajo.

¡Quítate el pelo de la cara, Veronica!

Constance Ockleman nació en Brooklin en noviembre de 1919 y su gran fama la ganó gracias a su influencia en la estética y la moda durante la década de los cuarenta; sobre todo en lo referente a su peinado, conocido como Peek-a-boo-bang, consistente en que una mata de su impresionante cabello platino le cubría el ojo derecho. Su pelo y su tremenda elegancia la convirtieron en una diva cargada de sofisticación y suntuosidad, pese al lastre de su baja estatura. Su belleza y su voz opaca y ronca eran ideales para los papeles de mujer fatal del cine negro de la época. En definitiva, Veronica Lake fue una diva de transición entre las oscuras damas de los años 30 y las más mortíferas y ambiguas que surgieron en los 40.
La Paramount la descubre y la hace debutar de inmediato en “Vuelo de águilas” (1942), a raiz de lo cual la crítica de Nueva York afirmó: Sólo demuestra talento para lucir vestidos largos.
Tras sus primeros papeles, llegó a ser una de las chicas preferidas de los hombres americanos, sobre todo los soldados del frente.
Justo cuando empezaba a reinar en Hollywood se produjo el hecho que marcó su vida y su carrera: el Departamento de Guerra de los EEUU exigió a la Paramount la prohibición del célebre peinado de la diva, puesto que, según ellos, las chicas que trabajaban en las fábricas de armamento lo estaban imitando y, al llevar un ojo tapado, se estaban produciendo numerosos accidentes. Su peinado entró así en la historia, con la misma facilidad con que Veronica Lake salió de ella.

Magdalena

… El destino quiso que a la fiesta concurriera la propietaria de una casa de alta costura: Leda Fiori, una italiana opulenta que me felicitó calurosamente al terminar el desfile. “Esa muchacha”, me dijo, “es de un chic poco común. Y usted sabe vestirla. Venga el lunes a verme. Creo que puedo hacerle una oferta interesante”
Aquel lunes, en su negocio de la plaza San Martín, Leda Fiori volvió a ponderar la interpretación que yo había hecho de la reina de Saba, mi talento, mi audacia. ¿Me gustaría diseñar modelos y alhajas exclusivos para ella? En cuanto a Magdalena, no lo dudaba: era el maniquí ideal para llevar mis creaciones. Acto seguido mencionó una tentadora suma que recibiría en caso de aceptar su ofrecimiento. Vacilé en contestarle. ¿Podía acaso un artista rebajarse al mundo arbitrario y cambiante de la moda? Al vestir a Magdalena había sentido que su cuerpo era un pretexto, un apoyo para expresar una intuición de belleza reñida con el gusto común de la gente. Leda Fiori pareció adivinar mis pensamientos. Sus palabras me tranquilizaron. “Usted tendrá plena libertad en su tarea” me dijo. “Le auguro un gran éxito. Hay en usted algo místico capaz de enloquecer a las mujeres”

Vestir a Magdalena
Juan José Hernandez