"Para la ciudad. Para la noche"

Hablando de sí misma en tercera persona, Elsa Schiaparelli, en sus memorias Shocking Life, recuerda sus comienzos: Schiap llevando consigo sus biombos, se instaló en el primer piso del número 4 de la rue de la Paix. Dispuso todo de modo que pareciera un barco en el que pañuelos, cinturones y jerseys creaban un desorden lleno de color. En la inscripción de la entrada añadió: “Para la ciudad-Para la noche”. Y el slogan se inscribió en blanco en una pequeña camioneta negra, y en negro en papel de cartas blanco. Cortinas brillantes de cuero lustroso, un mobiliario de madera oscura y una postal de la Costa vasca pintada en la pared blanca con verdes y azules vivos, completaban el interior.
En esa época, Schiaparelli diseñó un pequeño sombrero de punto que parecía un tubo y que en la cabeza adoptaba cualquier forma.
Ina Claire, célebre en Hollywood, famosa entonces por su elegancia, lo adoptó inmediatamente y lo puso de moda.
Un fabricante americano lo compró y creó una empresa muy próspera que bautizó con el nombre de “Le bonnet fou“. Se hizo millonario.
Con estas mujeres dotadas de una predisposición natural hacia la excentricidad, entramos en el universo del “surrealismo de la moda” que hará furor a finales de los años treinta.
Como si la bella máquina del lujo parisino se disparara ante el acercamiento del drama de la segunda guerra mundial.

Moda y surrealismo/
Francois Baudot.

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El romanticismo según Laura Ashley

Todo comenzó con un pañuelo, una pañoleta en la cabeza de Audrey Hapburn de Vacaciones en Roma. (vestuario de Edith Head). Un retazo textil que puso en órbita a una diseñadora galesa . Sus señas de identidad: el estilo victoriano y el patchwork.

A finales de los 60, las largas faldas estampadas de Katharine Ross en Dos hombres y un destino (Butch Cassidy and Sundance Kid) terminarían de hacer despegar a Laura Ashley.

La diseñadora, que alcanzó su apogeo a principios de los años ochenta, aportó un aire femenino a los vestidos de mujer como réplica al traje de ejecutiva del momento.

El romanticismo neovictoriano de los diseños de Laura Ashley encontró eco en los gustos conservadores de la época.

La firma sigue siendo hoy sinónimo de cierta elegancia, romántica y dramática; un referente del estilo de vida asociado al refinamiento de la clase alta.

Moda masculina: el hombre elegante. Juventud e informalidad

Así como hasta principios del siglo XX a cada circunstancia del día le correspondía, en el caso del hombre elegante, una indumentaria adaptada a ella, la juventud de los años veinte adopta la costumbre de vestirse durante todo el día con el mismo traje fabricado con un tejido de lana flexible y, más sorprendente aún, adopta la camisa de cuello blando.
Barba y bigote, antaño signos de virilidad, desaparecen bajo la máquina de afeitar popularizada por la marca Gillette. La camisa Lacoste, flexibilizada para la práctica del deporte, aparece en 1933; el cuerpo se mueve más y mejor. Cintura delgada, hombros con más cuerpo, sisas holgadas, el London cut puesto a punto por el inglés Scholte ofrece esta mezcla de clasicismo y comodidad que pondrá de moda Eduardo VIII, principe de Gales.
Los grandes actores de Hollywood verán en él una referencia y popularizarán esta elegancia, aunque el modelo jamás será sobrepasado.