Espejos


No es difícil llegar a la conclusión de que ha desaparecido de la tierra algo de su esplendor. 

El mismo misterio antiguo del vestir —un vaporoso chal en los hombros de una mujer enigmática, un aigrette en el sombrero de una desconocida equívoca, una cinta en una media— se ha desvanecido a la dura y realista luz del presente, lleno de necesidades utilitarias, de una uniformidad idéntica aunque práctica y de una perfección al por mayor perfectamente anónima.

Aquellas mujeres de Poiret que hollaban el césped de Longchamps como finos caballos flamencos, han sido reemplazadas por una hilera de chicas en traje de baño y foto de almanaque.

Sin embargo, siempre supone un peligro el lamentarse de las glorias perdidas del pasado y de la barbarie del presente.
Si todo cambio es penoso, resulta tambien tan necesario como el aire que respiramos.
La moda es la expresión sutil y mudable de cada época. Sería insensato el pretender que nuestro espejo social devolviera siempre la misma imagen. Lo importante, en última instancia, es comprobar si esa imagen corresponde realmente a lo que sentimos que es.

El espejo de la moda  
Cecil Beaton  
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Cierta vez las víboras dieron un gran baile.


Pero las que estaban hermosísimas eran las víboras. Todas, sin excepción, estaban vestidas con traje de bailarina, del mismo color de cada víbora. Las viboras coloradas llevaban una pollerita de tul colorado; las verdes, una de tul verde; las amarillas, otra de tul amarillo; y las yararás, una pollerita de tul gris pintada con rayas de polvo de ladrillo y ceniza, porque así es el color de las yararás.
Y las más espléndidas de todas eran las víboras de coral, que estaban vestidas con larguísimas gasas rojas, blancas y negras, y bailaban como serpentinas.

 Las medias de los flamencos.   
Cuentos de la selva.   
Horacio Quiroga