Líneas gráficas. Óptica

El progreso tecnológico en la industria textil de los años sesenta hizo posible un número sin precedentes de materiales que nunca antes habían sido utilizados en la industria de la moda.
La severidad del vestido de linea A y la simplicidad de las chaquetas cortas y los abrigos eran el marco perfecto para aplicar una tendencia que empezaba a imponerse: combinar el blanco y el negro. La moda de los sesenta era muy gráfica, y John Bates, un diseñador británico consciente de lo visualmente poderosa que podía ser, creó el celebrado vestuario de la actriz Diana Rigg en su papel de Emma Peel en la serie Los Vengadores, utilizando exclusivamente blanco y negro en rayas, cuadros y dibujos de espiga. Las rayas, los lunares, cuadros y estampados de cebra se conviertieron en ilusiones hipnóticas y, de inmediato, la influencia de artistas op como Bridget Riley y Frank Stella se filtró en la moda.
El termino op art se acuñó para designar los efectos de la línea y de las áreas de contraste entre la línea y el color, y los diseñadores hicieron suyas estas tendencias artísticas, modificándolas para usarlas en sus diseños. André Courréges, Pierre Cardin, Emanuel Ungaro y Julian Tomchin bebieron del op art y de los movimientos de arte abstracto. Yves Saint Laurent diseñó estampados geométricos para su aplaudida línea de vestidos Mondrian, a la que siguió la de los vestidos pop art en 1966, que adornó con tiras cómicas.

Safo va a Hollywood. 4-Final. El corazón miente


De vuelta en Hollywood, la ciudad se maravilló ante la evidente nueva felicidad de Garbo, y debatía los encantos de su nueva novia. Rápidamente, la influencia de De Acosta se hizo sentir en la vida de Garbo. La persuadió de alquilar una casa más luminosa, más lujosamente amueblada en North Rockingham Road, en Brentwood –a sólo una cuadra de la casa de De Acosta–, con una cancha de tenis y un parque que daba al cañón y las montañas. Las amantes fueron dichosas… por un rato. De Acosta y Salka Viertel rápidamente se convirtieron en rivales tanto por el corazón de Garbo como por el privilegio de trabajar en sus guiones. En los enfrentamientos que mantuvieron, Viertel, una estratega superior, ganó muchas batallas. A principios de los ‘40, Viertel era una ganadora tan clara que De Acosta se mudó nuevamente a Nueva York. Ahora, las ocasionales cartas de Garbo simplemente asignaban a De Acosta quehaceres domésticos como la compra de chinelas y tintura para telas. Pero años más adelante, en esa misma década, las cartas de Garbo se volvieron amables, tiernas y bromistas. Se dirigía a su antigua amante como “Cariño”, “Pequeña”, “Dulce niña”, “Querido muchacho”. A principios de los ‘50, cuando De Acosta vivía en París, Garbo realmente estaba empezando a ponerse celosa de la nueva novia de De Acosta, Poppy Kirk. Los acercamientos entre las dos antiguas amantes declinaron y florecieron esporádicamente hasta el 1º de enero de 1960. Ese día, De Acosta publicó sus memorias: Here Lies the Heart. El libro era explícitamente discreto. Pero no para el parecer de Garbo. Cuando su autora llamó ese día de Año Nuevo, la actriz anunció categóricamente: “No quiero hablar con vos”. Y no lo hizo. Greta Garbo nunca volvió a hablarle a Mercedes de Acosta.

Del libro “The Girls: Sappho goes to Hollywood”
publicado por St. Martins Press.

Safo va a Hollywood. 3-El señor Toska


Dos días después, un domingo, hubo otra llamada telefónica. Garbo le había sugerido a Salka Viertel que invitara a De Acosta a desayunar. Esta vez, De Acosta estaba deslumbrada por el “exquisito color” del bronceado de las piernas de Greta, su cara fresca y luminosa, su excelente humor. Luego del desayuno, allí, sobre el destellante Pacífico, Garbo y De Acosta pusieron discos y bailaron. Hablaron en profundidad sobre la palabra rusa “toska”… una melancolía profunda, anhelante. Garbo invitó a De Acosta a almorzar, pero esta pretextó que ya había aceptado una invitación de Pola Negri.
–¿Y qué? Llámala y dile que no puedes ir.
–¿Cómo puedo hacer eso a último momento? Pola dijo que sólo se trataba de un pequeño almuerzo para seis personas.
–¡Un pequeño almuerzo para seis personas! –Garbo se rió estrepitosamente. No seas tonta. Más bien 600… Veo que no conoces Hollywood, pero ya aprenderás la lección. Verás vos misma.
Mientras el chofer se llevaba a De Acosta, Garbo le alcanzó una flor. “No digas que nunca te di una flor”, dijo, riendo y saludando con la mano.
Alrededor de cien personas descansaban en la terraza florida de Pola con vista al mar. A mitad del almuerzo, el mozo se acercó: “Señorita De Acosta, la llaman por teléfono… Un tal señor Toska”.
¡Greta! De Acosta corrió hasta San Vicente Boulevard, donde Garbo, con un vestido chino de seda negra y chinelas de hombre, esperaba en la entrada. Parecía cansada, deprimida y enferma… completamente distinta de la radiante mujer de esa mañana. Sentada sobre una piedra del jardín, Garbo rumiaba algo sobre los horrores de rodar “esa espantosa Susan Lenox, de su fatiga y su insomnio”. Finalmente, dijo: “No hablemos. Tiene tan poco sentido hablar y tratar de explicar las cosas. Mejor sentémonos y no digamos nada”.
A la mañana siguiente, cuando De Acosta llegó, encontró a la criada de Garbo haciendo las valijas para un viaje. “Perdóname. Sólo estoy muy cansada”, dijo Garbo. Iba a estar sola durante seis semanas en la cabaña de una pequeña isla, en un lago de Sierra Nevada. Jurando guardar el secreto, la enferma de amor regresó a su casa. Allí la esperaban malas noticias: East River, su película con Negri, había sido cancelada. Dos noches después, Garbo llamó: “Estoy volviendo. Fui a la isla, pero vuelvo por vos”.
Y luego comenzó lo que De Acosta recordaría como “las seis semanas perfectas de toda una vida”.

Del libro “The Girls: Sappho goes to Hollywood”
publicado por St. Martins Press.

Safo va a Hollywood. 2-El brazalete


Mercedes de Acosta trazó sus planes con cuidado, sabiendo que Salka Viertel era la guardiana de la puerta de Garbo.
La actriz se había mudado a una casa más bien melancólica de San Vicente Boulevard, y era infeliz. Se sentía alejada de la ciudad, no sólo por la admiración hacia su talento y su belleza, y por el doloroso secreto de su inferioridad intelectual, sino también por su temor a los chismes. Desechaba la mayoría de las invitaciones, como la de Douglas Fairbanks y Mary Pickford para que conociera a Lady Edwina Mountbatten. Aceptaba algunas, pero luego no aparecía: “Nunca nadie extraña a nadie”, dijo. Así estaban las cosas cuando tuvo noticias de que Mercedes de Acosta –una ingeniosa, interesante, discreta y sofisticada neoyorquina con inclinaciones sáficas, una descendiente de los duques españoles de Alba, una poeta, una escritora, una novelista, una feminista, una persona realmente muy atractiva– acababa de llegar a la ciudad. La mañana siguiente, Salka Viertel llamó por teléfono al hotel de De Acosta y la invitó a tomar el té.
De Acosta agregó un brazalete alemán de acero a su arreglo y salió hacia Mabery Road. Luego, impresionadísima, comentó: “Cuando nos estrechamos las manos y ella me sonrió, sentí que la conocía de toda la vida; de hecho, de muchas encarnaciones anteriores. Como lo esperaba, ella era increíblemente hermosa, mucho más de lo que parecía en sus películas. Tenía un sweater blanco y pantalones de marinero azules. Sus pies estaban desnudos y, como sus manos, eran delgados y delicados. Su precioso cabello lacio llegaba a sus hombros, y llevaba una visera de tenis blanca echada hacia adelante, tapando levemente su rostro, en un esfuerzo por ocultar sus extraordinarios ojos, que tenían una mirada de eternidad”. Cuando Salka se escapó para hablar por teléfono, De Acosta escribió: “Nos dejó a Greta y a mí solas. Hubo un silencio, un silencio que ella pudo manejar con gran tranquilidad. De repente, miró mi brazalete y dijo: ‘Qué bonito brazalete’. Me lo saqué de la muñeca y se lo alcancé. ‘Lo compré para vos en Berlín’, dije…

Del libro “The Girls: Sappho goes to Hollywood”
publicado por St. Martins Press.

Safo va a Hollywood. 1-La llamada


Mercedes de Acosta nació el 1º de marzo de 1893, la menor de ocho niños. Creció rodeada de sirvientes amables en una inmensa, elegante casa de Nueva York. Fue criada en una romántica propiedad cubana, repleta de revolucionarios, libros, hacendados millonarios, herederos robados, hombres retorcidos, leyendas glamorosas y una familia proclive a la depresión y el suicidio. En las fiestas, De Acosta se mezclaba fácilmente con gente como la reina Marie de Rumania, el escritor Anatole France, el escultor August Rodin y el compositor Igor Stravinsky. Hacia 1920 se había convertido en una entusiasta y conocida amante de mujeres. De Acosta soñaba con escribir guiones cinematográficos. Y estaba obsesionada con Greta Garbo. Para ella, que se vanagloriaba de poder separar a cualquier mujer de cualquier hombre, la noticia de que Garbo “no era lesbiana, pero podría serlo” solamente indicaba que otras habían fallado. En el invierno de 1930/31, alguien telefoneó a De Acosta con novedades fantásticas: se la podía enviar a la zona de Garbo. La RKO quería un guión sonoro para Pola Negri, que se había consagrado en las décadas de cine mudo. Habían propuesto a De Acosta como la escritora. Ahora Hollywood estaba llamando. Trazó sus planes con cuidado, sabiendo que Salka Viertel era la guardiana de la puerta de Garbo.

Del libro “The Girls: Sappho goes to Hollywood”,
publicado por St. Martins Press.

En la fábrica de sueños

En los años treinta, la fábrica de sueños hollywoodense ofrece algunos modelos de moda. Un traje de Travis Banton, de Edith Head o de Gilbert Adrian, visto en las pantallas por miles de personas, tiene más impacto que la fotografía de un vestido vista por unos miles de lectores en una revista. Sin pretender seguir escrupulosamente la última moda de París, los diseñadores del cine estadounidense perfeccionan un estilo original, favorecedor y fotogénico. Utilizando materiales ostensiblemente lujosos (lentejuelas, pieles, muselinas, etc.) muy rara vez estampados, el corte resulta de gran sencillez, y consigue subrayar la anatomía de las estrellas: escote profundo, drapeados que recuerdan las nervaduras de las conchas, aberturas, transparencias, plumas de avestruz o de cisne, boquillas para fumar, etc. Fue también en Hollywood donde apareció el prototipo de la pin-up de pecho agresivo cuando, en 1943, el director Howard Hughes diseñó un sujetador con copas puntiagudas para la actriz Jane Rusell, en la película El Proscripto.

Maestros: Jacques Doucet (y su asistente)

Nacido en 1853, en el seno de una familia rica, este burgués, discreto y distinguido no dejó de aspirar a una sociedad cuyas mujeres más elegantes se vistieran con sus prendas. Siguiendo el modelo de Worth, transformó la tienda familiar de lencería de lujo, encajes y finos linones, que había heredado, en una casa de alta costura. De la tradición familiar, “monsieur Jacques” como lo llamaban sus ilustres clientas, conservó el gusto por los materiales ligeros, fluidos y translúcidos. Sobresaliendo su habilidad para superponer los colores pastel en una visión pictórica, hace de sus vestidos inspirados en las telas de araña y muy adornados, una evocación del siglo XVIII de Watteau y las irisaciones impresionistas. Más distinguida que desnuda, esta elegancia de tocador es capaz de proveer a una sociedad acomodada las numerosas indumentarias necesarias para el calendario mundano. De la temporada parisina a la vida de palacio, una dama se cambia de vestido una media de 5 veces al día. Al obedecer a unos imperativos que dejan poco lugar a la iniciativa del modisto, estas elegancias, destinadas a perpetuar un ideal social, excluyen todo tipo de sorpresa. Así, el modisto reserva sus creaciones más originales a las actrices.
Ellas gozan de su favor tanto en la calle como en el escenario. Prueba en Sarah Bernhardt, en Cécile Sorel y, sobre todo, en Réjane, efectos que adoptarán con el debido retraso de uso, sus demás clientas.
A menudo bautizados con el anglicismo tea-gown, los vestidos de interior creados para las mujeres aristócratas por la casa Doucet, satisfacían perfectamente a estas flores de invernadero. La belle époque se lleva con ellas sus frufrús, la linea sinuosa y arqueada, las bandas de encaje con tonos de flores marchitas, fabricadas artesanalmente, de forma más concienzuda que apasionada, por Jacques Doucet, último sastre teatral de una sociedad que se acaba.
Monsieur Jacques, cuya personalidad secreta lo convirtió en un enigma, ofreció también su primera oportunidad al joven Paul Poiret. Éste concibió, durante su perturbador paso por la casa Doucet, el célebre traje blanco inmortalizado por Sarah Bernhardt el L´Aiglon. Entre estos dos hombres, a los que aparentemente todo separaba, existió un vínculo que unió sus universos. El maestro había presentido, comprendido y comulgado con algunas de las grandes revoluciones estéticas que iban a acaecer.
No hubiera sabido, ni siquiera deseado, realizar una traducción práctica de ellas en su moda. Ese papel le correpondería a Poiret, su amigo y asistente.