Amalia

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… de repente, un murmullo sordo se escucha en todos los ángulos del salón. Las miradas se vuelven hacia la puerta (…) acaban de entrar en el salón: la señora Amalia Sáenz de Olabarrieta y la señorita Florencia Dupasquier.

La primera, siguiendo la rigurosa etiqueta de la viudedad, vestía un traje de raso color lila muy bajo, o mas bien color torcaz, y sobre él, otro de blonda negra más corto que el primero. Su talle, redondo y fino como el de la estatua griega, estaba ajustado por una cinta del mismo color que el viso, cuyas puntas tocaban con la orilla del vestido negro. Su escote era también de blonda; y en el centro del pecho, un pequeño lazo de cinta igual a la del talle completaba los adornos de su sencillo y elegante traje. Sus cabellos estaban rizados y sus rizos finos y lucientes caían hacia su cuello de alabastro; y entre ellos, en su sien derecha, estaba colocada una linda rosa blanca.

El resto de sus hermosos cabellos castaños circundaban la parte posterior de su cabeza en una doble trenza que parecía sujetada solamente por un alfiler de oro a cuya extremidad se veía una magnífica perla; y bajo la trenza, en el lado izquierdo de la cabeza, se descubría apenas la punta de la cinta roja, adorno oficial impuesto bajo terribles penas por el Restaurador de las libertades argentinas.

(…)

Amalia        

José Mármol  

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Disfraces

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“Estoy adorable con mi vestidito de ángel.” La señora Portier había dicho a mamá: “Su hijito es delicioso. Está para comérselo. Está adorable con su vestidito de ángel.” El señor Bouffardier atrajo a Lucien entre sus rodillas y le acarició los brazos. “Es una verdadera niña -dijo sonriente-. ¿Cómo te llamas? ¿Jacqueline, Lucienne, Margot?” Lucien se puso colorado y dijo: “Me llamo Lucien.” No estaba del todo seguro de no ser una niña. Muchas personas lo habían besado llamándolo señorita, y a todos les parecía encantador con sus alas de gasa, su largo vestido azul, sus bracitos desnudos y sus rubios bucles. Tenía miedo de que los mayores decidiesen de repente que ya no era un niño. Por mucho que él protestara, nadie le haría caso, y no le permitirían ya quitarse el vestidito nada más que para dormir, y por la mañana, al levantarse, se lo encontraría al pie de la cama, y cuando quisiera hacer pipí tendría que levantarselo, como Nenette, y hacerlo sentado. Todo el mundo le diría: “Preciosa, ricura mía”. Tal vez ha sucedido ya y soy una nena.

La infancia de un jefe                

Lainfanciadeunjefe