Jeanne Lanvin

1930s-jeanne-lanvin-par-harcourt

Silenciosa, infatigable y humilde, la parisina Jeanne Lanvin nace en 1867 y su historia se parece a un cuento de hadas.

Inicialmente dedicada al adorno de sombreros, establece su casa en 1885 y crea para su hija Marie-Blanche un guardarropas tan seductor que rápidamente las clientas se fijan en ella.

022_jeanne-lanvin_theredlist

Por su maison de la Rue du Faubourg-Saint-Honoré, decorada y ambientada en 1920 por Armand-Albert Rateau pasará una basta clientela de grandes damas burguesas y los mas importantes apellidos de Europa. Para ellas Jeanne creará un estilo original,  de una elegancia clásica, exenta de revoluciones vistosas, acorde a la sensibilidad de la época. Un excepcional refinamiento de motivos entrelazados de pasamanerías, bordados de gran virtuosismo y su especialidad: adornos florales de perlas.

tumblr_lhnk0zMEJm1qcddvlo1_500

Desde 1923, el imperio Lanvin incluye en sus talleres una fabrica de tintes, en la que se elaboran aquellos hábiles colores, sutiles y singulares  que darán reputación a la “paleta Lanvin”.

Hacia 1925, la casa Lanvin cuenta con más de 800 trabajadoras, repartidas en 23 talleres y otras tantas empleadas de las secciones del hecho a medida, ropa deportiva, lencería, peletería y hasta ropa masculina.

Durante la memorable Exposición Universal de Artes Decorativas de 1925, Jeanne oficiará de vicepresidenta del Pabellón de la Elegancia, y allí lanza su primer perfume: My Sin, al que seguirá en 1927 Arpege, cuyo frasco diseñado por el mismo Rateau lleva el logotipo diseñado por Paul Iribe sobre una fotografía de 1917 de Jeanne  y su hija.

img007ko2

Hasta su muerte en 1946 a la edad de 79 años, Jeanne condujo su oficio al mas alto grado de perfección.

Su hija Marie-Blanche, virtuosa del piano, que supo inspirar el nombre del perfume fetiche de la casa, convertida en la Condesa de Polignac asumirá la dirección de la empresa en 1950.

????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????

Cómo nace una colección. Dior

ImagenEn realidad, todo lo que sé, veo o entiendo; en una palabra, todo en mi vida, se transforma en vestidos. Los vestidos son mis quimeras, pero quimeras asequibles, que pasan del reino de los sueños al de los objetos destinados al uso.

Decir  cómo llegan a ser, es explicar cómo nace una colección. Me preguntan con frecuencia dónde me inspiro; sinceramente, lo ignoro: Es posible que un psicoanalista -que además fuese modisto- pudiera descubrir, estudiando mis colecciones sucesivas, las emociones de mi vida pasada. En todo caso, no encontraría huella alguna de toda esa serie de documentos en los que, según imaginan, un modisto debe fatalmente buscar sugerencias. No digo yo que tal sistema sea malo: sólo puedo afirmar que a mi no me ha servido jamás. Lejor de estimular mi imaginación, la frena. Tal país, tal estilo o tal época no representan sino la idea que uno se ha forjado, y la contemplación de un modelo antiguo induce a la copia. Esto es tan cierto que incluso para diseñar los figurines de una obra de carácter histórico, es necesario, después de haber contemplado durante varios días numerosos grabados, cerrar los libros y dejar pasar cierto tiempo, antes de coger el lápiz. Unicamente entonces puede crearse como se hubiera hecho en el siglo en que se desarrolla la acción. (…)ImagenImagen (…) La moda tiene su vida propia y sus razones, que la razón desconoce. Por mi propia experiencia sé lo que debo a mis modelos: inquietudes, molestias, entusiasmos. Son el reflejo de mi existencia cotidiana con sus emociones, sus anhelos de ternura y de alegría. Si algunos me decepcionaron o me engañaron, otros me quisieron fielmente como yo los quise. Por esta razón, las aventuras más apasionantes y más apasionadas, puedo decir, en verdad, que son mis vestidos. Me obsesionan. Me preocupan, luego me ocupan y, por último -si se me permite el neologismo-, me “pos-ocupan”. Es como un círculo paradisíaco e infernal a la vez, que atormenta y encanta mi vida.

ImagenChristian Dior y yo

Christian Dior

Marquesa Casati. Disfraces y excusas.

Imagen

Entre las damas exóticas no es posible omitir a la Marquesa Casati (23 enero 1881), con su cara de muerta, su pelo color naranja y sus ojos azabache intensamente pintados de negro. Su vida fue una eterna persecución de la belleza.

Imagen

Para trajes de calle tenía sombreros altos de piel de tigre o enormes “papeleras” doradas vueltas de arriba abajo sobre la cabeza y forradas de encaje, y llevaba vestidos de terciopelo negro con cola.

En los bailes de máscaras la marquesa Casati se excedía a si misma, presentandose con trajes diseñados por ella pero basados en la mas descabellada fantasía de Léon Bakst. Una de sus aspiraciones  consistía en hacerse acompañar con un leopardo vivo y coleando con su cadena… Nunca pudo poner en práctica lo que quizás hubiera sido el más extravagante de sus disfraces. El conde Étienne de Beaumont había proyectado un baile y la marquesa decidió aparecer como un San Sebastián equipado eléctricamente. Tenía que llevar una armadura acribillada de saetas tachonada de estrellas que tendría que encenderse cuando ella apareciese. El día del baile por la mañana se instaló con permiso del anfitrión en una pequeña dependencia de la casa de De Beaumont, llevando consigo un batallón de criados, un electricista y estufas para hervir el agua y hacer tazas de café y de té mientras se iban efectuando los estudiados preparativos para su aparición. Al fin, completo ya su maquillaje y fijado el pelo en su aureola de rizos, la marquesa fue embutida de cintura para abajo en las clzas atacadas y se le enclaustró el cuerpo en la armadura, que quedó cerrada con cadenas y candados. pero en el momento en que se insertaba la conexión eléctrica correspondiente, sobrevino una descarga: se produjo un cortocircuito, la armadura quedó electrizada y en vez de iluminarse con un millar de estrellas, la marquesa sufrió una descarga eléctrica que la derribó por tierra haciéndole dar un salto mortal. No pudo reponerse con tiempo suficiente para aparecer en la fiesta y tuvo que retirarse dejando una nota en casa de De Beaumont de decía simplemente: “Mil excusas”.

Imagen

Habiendo derrochado varias fortunas, y en un Londres en guerra y lejos del sol, del calor y del lujo a los que estaba acostumbrada, la marquesa, sin embargo, todavía encontró la vida llena de fascinación y de interés. Ni siquiera las dificultades de aquel Londres agobiado por la pobreza pudieron abatir su ánimo y siguió manteniendo su grandeza de maneras, aunque llevara unos zapatos viejos o el encaje de su sombrero pudiera estar roto. Era una gran dama, alguien cuyo carácter y ánimos podían sobreponerse  a toda mediocridad y extraer nobleza hasta de la misma miseria.

Murió el 1 junio 1957 en su residencia del 32 Beaufort Gardens, Knightsbridge, un exclusivo barrio del centro de Londres.

Fuente: “El espejo de la moda”

Cecil Beaton