(G)loves Story

Ya nadie arroja el guante en señal de desafío para retar a duelo. En todo caso, alguien podrá dejarlo caer con la gracia de un párpado entornado.

Aunque resulte paradójico, el guante le confiere desnudez a la mano: al ocultar, descubre. Quizás resida allí el misterio de su sensualidad, difícil sustraerse a su connotación erótica. Quienes recuerden el lento streptease de Rita Hayworth en Gilda –strapless negro y un interminable guante de satín (Jean Louis interpretando a Madame X de John Singer Sargent) –estarán de acuerdo en que le bastó desenfundar su mano para desnudarse hasta el alma.
¿Habrían tenido igual significado las cartas amorosas de Armando si Margarita Gautier no las hubiera escondido entre la palma de su mano y la textura del guante?
¿No suena perturbador el latido secreto de un reloj abrochado en una muñeca enguantada?
Hay una leyenda que entrevera guantes, mujeres y leones. La historia de la dama que arroja su guante blanco a la jaula de los leones para probar al amor de su pretendiente fascinó a los españoles que la hicieron suya en la figura de Manuel de León, personaje del tiempo de los Reyes Católicos. “¿Cuál será aquel caballero/ de esfuerzo tan señalado/ que saque de entre los leones/ mi guante tan preciado?” Manuel se juega, recoge el guante y al entregárselo a su novia le aplica un bofetón para que aprenda. Final feliz, casamiento y moraleja: la vida de un hidalgo vale más que un guante y un valiente que castiga lo malo, buen marido ha de ser


Buenos Aires, década del 40, boquitas pintadas y combinaciones de satín y lunares. En una casa con jardín y escalinatas en la calle Aguilar (Belgrano) una alemana fabricaba guantes de jersey, de napa y de fina cabritilla, terminados a mano y rematados delicadamente con bordados de rositas al tono.
El negocio de la calle Santa Fe al 2400, propiedad de la señora Acevedo Díaz, también vendía guantes, medias y carteras. A el concurrían elegantes de alcurnia a las que había que tratar de señoritas, aunque no lo fueran.
No solo para fiestas y casamientos, los guantes también se imponían para un te en La París o para un copetín en El Galeón.
Más tarde, en los 50, los guantes eran blancos, cortos, molestos y olvidables, sobre todo los de la mano derecha, tan proclives a morir de abandono en la oscuridad de un cine o en los bancos de la Plaza San Martín.
En 1986, la tradicional casa Carpincho, de la calle Esmeralda, auspició un desfile inédito, un desfile de guantes. Multicolores, largos, cortos, para la noche y para toda hora, volvieron a despertar la atención de las manos femeninas, en un retorno que poco tiene de revival: hoy son moda.

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4 pensamientos en “(G)loves Story

  1. Agradecida por tu serie de notas sobre los guantes. Hace poco las manos finamente enguantadas de una amiga me sorprendieron y trajeron recuerdos entrañables y nostalgias por los de cabritilla que usaba mi madre. ¿No eran encantadores? Hoy los encuentro aquí, desde los inicios de la humanidad. Muy bueno todo.

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