La moda se vuelve práctica y nada desperdicia, ennobleciendolo todo.

XIII – Moda

 

Al volver Paponato una noche del bosque de Meudon, adonde fuera en busca de aventuras, llegó precisamente con los minutos contados para tomar el último vapor. Y tuvo la suerte de encontrarse allí con Tristusa Bailarincilla.

—¿Cómo está usted, señorita? — le dijo—, He visto en el bosque de Meudon a su amante, el señor Croniamantal, que lleva trazas de volverse loco.

—   ¿A mi amante? —contestó Tristusa—. No hay tal cosa.

— Pues eso dicen desde ayer en los círculos literarios y artísticos.

—Podrán decir lo que quieran —replicó con entereza Tristusa—.

Aunque, después de todo, no tendría por qué abochornarme de tal amante. ¿No es guapo y no tiene mucho talento?

—Es verdad. Pero ¡qué sombrero tan bonito y qué pollera tan bonita lleva usted! Me intereso mucho por la moda.

—Usted siempre tan elegante, señor Paponato. Deme usted las señas de su sastre y se las transmitiré al señor Croniamantal.

—Sería inútil. No haría uso de ellas. Pero dígame, ¿qué se estila para las señoras este año? Acabo de llegar de Italia y no estoy al corriente. Tenga la bondad de informarme.

—Este año —dijo Tristusa— es la moda extraña y familiar, sencilla y llena de fantasía. Las materias todas de los diferentes reinos de la naturaleza pueden entrar ahora en la composición de un traje femenino. He visto hoy un traje muy lindo, hecho de tapones de corcho. Seguramente no valía menos que los trajes de tela lavable que hacen furor en los estrenos. Un gran modisto está pensando en lanzar los trajes sastre con lomos de libro viejo, encuadernados en piel de becerro. Es una idea encantadora. Todas las literatas podrán llevar esos trajes, y los hombres podrán acercárselas y hablarlas al oído  con el pretexto de leer los títulos. Las raspas de pescado se estilan mucho en los sombreros. Se ven muchachas deliciosas  vestidas de peregrino de Santiago de Compostela, llevan traje, como es natural, salpicado de conchas de Santiago. También han hecho su brusca aparición en la indumentaria la porcelana, el asperón y la loza. Esas materias se usan para cinturones, para agujones de sombreros, etc., y he tenido ocasión de ver una redecilla admirable, compuesta enteramente con ojos de cristal como los que se ven en las tiendas de óptica. Las plumas sirven ahora para decorar, no sólo el sombrero, sino también, el zapato y el guante, y el año que viene se estilará llevarlas en la sombrilla. Hoy se hace calzado de cristal de Venecia y sombreros de cristal de bacará. Y no quiero decirle nada de las polleras pintadas al óleo, de las lanas de color subido y las polleras caprichosamente salpicadas de tinta. Para la primavera estará en todo su apogeo los trajes de bohíga inflada, formas agradables, ligereza y distinción. Nuestras aviadoras no llevarán otra cosa. Para las carreras tendremos el sombrero “pelota de chico”, compuesto de unos veinte balones, que producen un efecto muy suntuoso y, a veces, detonaciones muy chuscas. La concha de almeja sólo se estila en el calzado. Repare en que empezamos a vestirnos de animales vivos. He visto hoy a una señora que llevaba en el sombrero veinte pajarillos: jilgueros, verderones y petirrojos, que, sujetos por una jarilla, cantaban aleteando. En la última fiesta de Neuilly, el tocado de cabeza de una embajadora consistía en unas treinta culebras. “¿Para quién son esas bichas que llevas en la cabeza?”, preguntaba a la dama un agregadillo rumano que tiene fama de ser afortunado con las señoras. Olvidaba decirle a usted que el miércoles último tuve la ocasión de ver en los bulevares a una señora vestida de espejuelos aplicados y sobrepuestos al tejido. Al pasar por el solla dama, el efecto era suntuosísimo. Se hubiera dicho una mina de oro que había salido a darse un paseo. Pero luego empezó a llover, y entonces semejaba la dama una mina de plata. Las cáscaras de nuez son muy adecuadas para formar con ellas colgantes, sobre todo salteándolas con avellanas. Las polleras recamadas de granos de café y de clavo, cáscaras de ajo, telas de cebolla y pasas se usarán mucho para ir de visita. La moda se vuelve práctica y nada desperdicia, ennobleciéndolo todo. Hace con los materiales lo que los románticos hicieron con las palabras.

—Muchas gracias —dijo Paponato—. Me ha informado usted de un modo encantador.

—Es usted muy amable —contestó Tristusa.

 

El poeta asesinado

Guillaume Apollinaire.

 ImagenTokio Kumagai

ImagenTokio Kumagai

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Beth y Herbert Levine

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