Marquesa Casati. Disfraces y excusas.

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Entre las damas exóticas no es posible omitir a la Marquesa Casati (23 enero 1881), con su cara de muerta, su pelo color naranja y sus ojos azabache intensamente pintados de negro. Su vida fue una eterna persecución de la belleza.

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Para trajes de calle tenía sombreros altos de piel de tigre o enormes “papeleras” doradas vueltas de arriba abajo sobre la cabeza y forradas de encaje, y llevaba vestidos de terciopelo negro con cola.

En los bailes de máscaras la marquesa Casati se excedía a si misma, presentandose con trajes diseñados por ella pero basados en la mas descabellada fantasía de Léon Bakst. Una de sus aspiraciones  consistía en hacerse acompañar con un leopardo vivo y coleando con su cadena… Nunca pudo poner en práctica lo que quizás hubiera sido el más extravagante de sus disfraces. El conde Étienne de Beaumont había proyectado un baile y la marquesa decidió aparecer como un San Sebastián equipado eléctricamente. Tenía que llevar una armadura acribillada de saetas tachonada de estrellas que tendría que encenderse cuando ella apareciese. El día del baile por la mañana se instaló con permiso del anfitrión en una pequeña dependencia de la casa de De Beaumont, llevando consigo un batallón de criados, un electricista y estufas para hervir el agua y hacer tazas de café y de té mientras se iban efectuando los estudiados preparativos para su aparición. Al fin, completo ya su maquillaje y fijado el pelo en su aureola de rizos, la marquesa fue embutida de cintura para abajo en las clzas atacadas y se le enclaustró el cuerpo en la armadura, que quedó cerrada con cadenas y candados. pero en el momento en que se insertaba la conexión eléctrica correspondiente, sobrevino una descarga: se produjo un cortocircuito, la armadura quedó electrizada y en vez de iluminarse con un millar de estrellas, la marquesa sufrió una descarga eléctrica que la derribó por tierra haciéndole dar un salto mortal. No pudo reponerse con tiempo suficiente para aparecer en la fiesta y tuvo que retirarse dejando una nota en casa de De Beaumont de decía simplemente: “Mil excusas”.

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Habiendo derrochado varias fortunas, y en un Londres en guerra y lejos del sol, del calor y del lujo a los que estaba acostumbrada, la marquesa, sin embargo, todavía encontró la vida llena de fascinación y de interés. Ni siquiera las dificultades de aquel Londres agobiado por la pobreza pudieron abatir su ánimo y siguió manteniendo su grandeza de maneras, aunque llevara unos zapatos viejos o el encaje de su sombrero pudiera estar roto. Era una gran dama, alguien cuyo carácter y ánimos podían sobreponerse  a toda mediocridad y extraer nobleza hasta de la misma miseria.

Murió el 1 junio 1957 en su residencia del 32 Beaufort Gardens, Knightsbridge, un exclusivo barrio del centro de Londres.

Fuente: “El espejo de la moda”

Cecil Beaton

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