Bloomers

Amelia Jenks Bloomer (1918-1894) quedó impresionada al descubrir el atuendo con influencias turcas de la señorita Elizabeth Miller (hija de un congresista de la época) que incluía un pantalón bombacho de fina y cómoda tela. Amelia deseó adaptar el pantalón ligeramente holgado y con reminiscencias árabes en el traje femenino, para librarlo de la opresión del corsé y de la complicación de las faldas de la época. Allí comenzó la polémica. 
  
Muchos sólo recuerdan a Amelia Bloomer como la creadora de una moda revolucionaria en su época, los bloomers o pantalones bombachos, pero Amelia Bloomer fue también una incansable defensora de los derechos de la mujer en una sociedad para la que una mujer era sólo el pilar de la familia, y trataba de dejar en un segundo plano sus facetas culturales, creativas, políticas o trabajadora.
En enero de 1849, animada por Elizabeth Cady Stanton y Susan B. Anthony – otras defensoras de los derechos de la mujer, comenzó a publicar su propio periódico The Lily, completamente dedicado a la mujer y a sus intereses y desde donde intentaba enfocar los temas femeninos – educación, disciplina, moda y sufragio – desde un punto de vista reformista, reclamando un papel más destacable e igualitario de la mujer en la sociedad.

En 1850 y a través de su periódico, presentó un nuevo estilo de vestuario para las mujeres “activas” inspirado en los trajes tradicionales turcos. La presentación de sus pantalones para mujeres  provocaron una oleada de indignación entre la sociedad e insultos de la prensa.
Estos pantalones eran como unas enaguas largas, flojas y ligeramente hinchadas que se estrechaban en el tobillo; sobre ellas iba una falda más corta que las habituales faldas victorianas. Aunque el diseño desde el punto de vista estético puede resultar discutible, lo cierto es que resultaban cómodos y fueron la antesala de los pantalones para uso femenino.

 

Fueron muchas las mujeres que se atrevieron a usarlos, a pesar de ser ridiculizadas y de las burlas que tuvieron que soportar; algunas los usaban por el convencimiento de que representaban un avance para la comodidad de las mujeres lejos del encorsetamiento que imponía la moda victoriana; otras lo hicieron por reivindicación, usando los “bloomers” como un símbolo de la igualdad de  derechos de la mujer.
Así, el bloomerismo llegó a convertirse hacia 1890 en todo un fenómeno de lo moderno con la llegada de la “fiebre de la bicicleta”, ya que era mucho más cómodo montar en bicicleta con bloomers y no con faldas. Eso sí, su renacer trajo consigo alguna variación estética: un tejido más adecuado como el tweed y la supresión de la falda superpuesta.

 
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