Maestros: Jacques Doucet (y su asistente)

Nacido en 1853, en el seno de una familia rica, este burgués, discreto y distinguido no dejó de aspirar a una sociedad cuyas mujeres más elegantes se vistieran con sus prendas. Siguiendo el modelo de Worth, transformó la tienda familiar de lencería de lujo, encajes y finos linones, que había heredado, en una casa de alta costura. De la tradición familiar, “monsieur Jacques” como lo llamaban sus ilustres clientas, conservó el gusto por los materiales ligeros, fluidos y translúcidos. Sobresaliendo su habilidad para superponer los colores pastel en una visión pictórica, hace de sus vestidos inspirados en las telas de araña y muy adornados, una evocación del siglo XVIII de Watteau y las irisaciones impresionistas. Más distinguida que desnuda, esta elegancia de tocador es capaz de proveer a una sociedad acomodada las numerosas indumentarias necesarias para el calendario mundano. De la temporada parisina a la vida de palacio, una dama se cambia de vestido una media de 5 veces al día. Al obedecer a unos imperativos que dejan poco lugar a la iniciativa del modisto, estas elegancias, destinadas a perpetuar un ideal social, excluyen todo tipo de sorpresa. Así, el modisto reserva sus creaciones más originales a las actrices.
Ellas gozan de su favor tanto en la calle como en el escenario. Prueba en Sarah Bernhardt, en Cécile Sorel y, sobre todo, en Réjane, efectos que adoptarán con el debido retraso de uso, sus demás clientas.
A menudo bautizados con el anglicismo tea-gown, los vestidos de interior creados para las mujeres aristócratas por la casa Doucet, satisfacían perfectamente a estas flores de invernadero. La belle époque se lleva con ellas sus frufrús, la linea sinuosa y arqueada, las bandas de encaje con tonos de flores marchitas, fabricadas artesanalmente, de forma más concienzuda que apasionada, por Jacques Doucet, último sastre teatral de una sociedad que se acaba.
Monsieur Jacques, cuya personalidad secreta lo convirtió en un enigma, ofreció también su primera oportunidad al joven Paul Poiret. Éste concibió, durante su perturbador paso por la casa Doucet, el célebre traje blanco inmortalizado por Sarah Bernhardt el L´Aiglon. Entre estos dos hombres, a los que aparentemente todo separaba, existió un vínculo que unió sus universos. El maestro había presentido, comprendido y comulgado con algunas de las grandes revoluciones estéticas que iban a acaecer.
No hubiera sabido, ni siquiera deseado, realizar una traducción práctica de ellas en su moda. Ese papel le correpondería a Poiret, su amigo y asistente.

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