Espinas


Los alfileres representan uno de los primeros inventos del hombre, puesto que hace diez mil años ya se fabricaban con espinas de pescado o astillas de madera.  Alrededor de 3.000 años a.C., los sumerios ya habían fabricado alfileres rectos de hierro y hueso, y hay textos sumerios que también revelan el uso de agujas con ojo para coser.  En el siglo VI a.C., griegos y romanos se sujetaban las túnicas a la altura del hombro con una fíbula. Ésta era una aguja innovadora cuya parte media formaba una espira y producía tensión, facilitando una sujeción y una abertura. La fíbula era un paso más en dirección al moderno alfiler imperdible.   La palabra deriva de la voz árabe alfilel o aljilel, que significa astilla aguda. Su nombre latino, spina, permite suponer que en su forma primitiva fue una mera espina o espiguilla destinada a sujetar. Su nombre se documenta en castellano en el siglo XIV. En el Libro del Buen Amor, de Juan Ruiz de Alarcón, el Arcipreste dice: “La buhona con harnero va tañendo cascabeles/meneando con sus joyas sortijas con alfileres”.

Silenciosamente las alfileres atraviesan la historia, y hasta sirvieron para especular en la Edad Media, cuando mujeres de todas clases sociales los compraban para revenderlos posteriormente, a sabiendas de que era un producto básico que, por entonces, escaseaba. Con el nombre de “dinero para alfileres” se conocían antiguamente las donaciones que el marido hacía a su mujer para sus gastos personales como vestidos, ropa blanca, calzado, sombreros y accesorios.

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