Increíbles, maravillosas y currutacos.


“Es innegable que en parte alguna del mundo se ve la confusión que hay en nuestro país, en al orden de los vestidos y el porte de las personas”, se quejaba así un gacetillero de La Habana, allá en los finales del siglo XVIII, en 1971. “Los adornos y trajes que estaban establecidos para diferenciar las condiciones ahora sirven para confundirlas…” Parece que el gacetillero no estaba enterado de que había en Francia una Revolución que extendía su pensamiento por el mundo y que una de las cosas que prescribía era la diferenciación de tales “condiciones”.

En Cuba, los jóvenes de La Habana se vistieron a la última moda francesa, sin calcular que esa moda encerraba elementos ideológicos y políticos contrarios a los de esta colonia española.
Así sucedió con las Maravillosas y los Increíbles habaneros, que añadieron a lo francés un cierto aire de extravagancia tropical. El resultado fue más que visible, sobre todo en los hombres, que se transformaron en unos seres estrafalarios llamados currutacos
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