Historias de Hollywood VI

Travis Banton comenzó su carrera en 1917 tras realizar los vestidos para el filme Poppy, de Norma Talmadge, y se consolidó cuando Mary Pickford le pidió que diseñase su vestido de novia para su boda con Douglas Fairbanks. Poco después, la Paramount contrataba sus servicios en exclusiva, y Banton se convertía en el favorito de las grandes actrices de los años veinte: Clara Bow, Pola Negri o Florence Vidor lucieron las creaciones de Banton. En los años treinta, otras bellezas se pusieron en sus manos: Claudette Colbert, Carle Lombard y Marlene Dietrich, a quien podía transformar de sórdida prostituta en gélida mujer fatal. De Banton se decía que, con sólo almorzar con una mujer, era capaz de saber exactamente qué tenía que resaltar en ella.

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Maestros: Ch. F. Worth

Lo que hoy conocemos como “alta costura” dio sus primeros pasos en la Exposición Universal de París del año 1900, cuando algunos de los que en aquel entonces se hacían llamar modistos exhibieron varios vestidos en el Pavillon de L’ Élégance.
Si bien decir París es decir alta costura, no es menos cierto que el padre del “haute couture” fue un inglés que llegó a la Ciudad Luz en 1845. Su nombre: Charles Frederick Worth.
Anteriormente, las damas de la élite europea dependían de modestas costureras para confeccionar sus vestidos y los estilos seguían los parámetros y caprichos establecidos por la realeza. No obstante, Worth sentó las pautas que definirían el concepto del diseñador moderno, atribuyéndose la categoría de celebridad mediante un acto atrevido pero sencillo: firmar sus prendas cual si fueran obras de arte.
Así pues, el joven Worth se convirtió en un personaje y trabajó en círculos privilegiados siendo el modisto favorito y vistiendo a personalidades de la época, como la Emperatriz Isabel de Austria, Eugenia, la esposa de Napoleón III, Sarah Bernhardt y Eleonora Duse.
Fue Worth quien también estableció el primer atelier, donde atendía a su clientela con gran esmero.
La mujer de la época no era más que un objetó decorativo adornado con plumas, galones y encajes y debía escoger su vestuario de la misma forma que escogía un fino florero o un delicado mantel. Esta era la época de la “dama ornamentada” o “femme ornée”.

Maestros: Vionnet

Madeleine Vionnet fue la inventora del corte al bies y de los más hermosos drapeados que hasta hoy nadie ha conseguido superar. Sus vestidos se consideran obras maestras, cuya caída perfecta se debe a una única costura. Es posible que la habilidad de Madeleine Vionnet para crear estos cortes a partir de formas simples como cuadrados o triángulos, se debiera a su pasión por la geometría.
La modista, nacida en 1876 aprendió corte y confección y en 1900 entró a trabajar en la reputada casa de moda de las Soeurs Callot, donde se convirtió en mano derecha de Marie Callot Gerber, la responsable artística del negocio.
En 1907, Doucet le encargó el rejuvenecimiento de su firma. Vionnet empezó suprimiendo el corsé y acortó los bajos, para disgusto de las vendedoras y de las clientas. Esto hizo que Madeleine se diese cuenta de que tenía que abrir su propia maison.
Vionnet estudió el cuerpo femenino para preservar su belleza natural y obligar al vestido a adaptarse a la silueta. Hizo uso de los drapeados y del célebre corte al bies, hasta entonces solo utilizado en cuellos, nunca en un vestido entero. Utilizó tejidos sutiles, como el crespón de seda, la muselina, el terciopelo o el satén.
Los colores que usaba eran clásicos, su preferido: el blanco en todos sus matices. Además, la diseñadora procuró no recargar excesivamente sus creaciones, utilizando como adornos bordados, rosas o nudos estilizados.
Las trabajadoras de la Casa Vionnet disfrutaron de unas condiciones que la ley no impondría hasta más tarde: breves descansos, vacaciones pagadas y ayudas en caso de enfermedad. A ella y a sus generosas donaciones se debe la creación en 1986 del Musée de la Mode et du Textile en París.

Los sombreros de Coco

Coco Chanel incursionó en el mundo de la moda –configurando el aspecto que tendrían las mujeres de su siglo– diseñando sombreros. La joven Coco, que se destacaba por su pelo recogido y sus sombreros redondos de paja, fue dependienta de la Casa Grampayre a los 17 años, una tienda de lencería y encajes; y ya entonces imaginaba sombreros para completar el atuendo de las clientas. Diseñó su primer sombrero para Madame Barlet, con tan buen resultado que empezó a recibir varios encargos de las mujeres más aposentadas del lugar. Coco tenía una gracia especial para adornar el sombrero más simple con cintas, blondas, alas o bandas y convertirlo en un objeto elegante y encantador.

La femme ornée

“Desnudar a una mujer es una empresa comparable con la toma de una fortaleza”.

Jean Cocteau

La imagen de la “mujer adornada” de la belle époque se caracterizaba por comprimir, torcer y cubrir de postizos el cuerpo femenino, para recrear la que era la figura ideal de la época: el reloj de arena. Esto se lograba mediante el uso del tortuoso corsé, armazones y amarres complicados.
El cuello, alto, estrecho y rígido, obligaba a erguir la cabeza, mientras que los sombreros, algo inclinados y de anchas alas, se decoraban con pesadas plumas de avestruz. Las mangas estaban ahuecadas en el hombro, se recogían en el codo y se estrechaban hasta la mano. Cubrían hasta los nudillos para no mostrar zonas indecorosas. Las faldas llegaban hasta el suelo y se ensanchaban en las caderas, cayendo en forma de campana. Su parte posterior estaba decorada con pliegues y rematada con una pequeña cola. Los zapatos y botines eran puntiagudos y se sostenían sobre medios tacones barrocos. Los complementos imprescindibles eran las medias de seda negra, los guantes ajustados y la sombrilla, que servía para preservar el tono blanco de la piel. Para el día se usaban telas de lino, terciopelo y lana. Los colores eran pasteles claros o apagados como el rosa, azul o malva. Estos vestidos se adornaban con galones, cintas, lazos y volantes. Para la noche se recurría a la seda, las puntillas, la muselina, el tul, el crespón de China o el satén entre otros. Eran imprescindibles los guantes largos para “vestir los brazos” y para que no se vieran las manos desnudas