Magdalena

… El destino quiso que a la fiesta concurriera la propietaria de una casa de alta costura: Leda Fiori, una italiana opulenta que me felicitó calurosamente al terminar el desfile. “Esa muchacha”, me dijo, “es de un chic poco común. Y usted sabe vestirla. Venga el lunes a verme. Creo que puedo hacerle una oferta interesante”
Aquel lunes, en su negocio de la plaza San Martín, Leda Fiori volvió a ponderar la interpretación que yo había hecho de la reina de Saba, mi talento, mi audacia. ¿Me gustaría diseñar modelos y alhajas exclusivos para ella? En cuanto a Magdalena, no lo dudaba: era el maniquí ideal para llevar mis creaciones. Acto seguido mencionó una tentadora suma que recibiría en caso de aceptar su ofrecimiento. Vacilé en contestarle. ¿Podía acaso un artista rebajarse al mundo arbitrario y cambiante de la moda? Al vestir a Magdalena había sentido que su cuerpo era un pretexto, un apoyo para expresar una intuición de belleza reñida con el gusto común de la gente. Leda Fiori pareció adivinar mis pensamientos. Sus palabras me tranquilizaron. “Usted tendrá plena libertad en su tarea” me dijo. “Le auguro un gran éxito. Hay en usted algo místico capaz de enloquecer a las mujeres”

Vestir a Magdalena
Juan José Hernandez

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