El sombrero de Ahab

…No hacía diez minutos que Ahab había subido por primera vez al palo mayor, cuando uno de esos feroces halcones marinos de pico rojo, que suelen acosar en esas latitudes a los vigías en los topes de los mástiles, empezó a revolotear y a chillar sobre su cabeza, en un laberinto de círculos indiscernibles y rápidos. Después subió como una flecha unos mil pies en el aire, para bajar en espiral y empezar a revolotear de nuevo.

-¡Su sombrero, su sombrero, señor! –gritó de improviso el marinero siciliano que, de guardia en el tope de mesana, estaba directamente tras Ahab, aunque algo más abajo y separado por un hondo abismo de aire.
Pero ya el ala oscura estaba ante los ojos del viejo y el largo pico encorvado sobre el sombrero: con un chillido el halcón negro huyó con su presa.
Tres veces voló un águila sobre la cabeza de Tarquino. Le quitó su casquete y enseguida se lo volvió a poner. Así fue que Tanaquila, su mujer, declaró que Tarquino sería rey de Roma. Pero el presagio se consideró favorable sólo por la devolución del casquete. En cambio, el sombrero de Ahab no volvió nunca más: el halcón salvaje se fue con él, muy lejos, a proa, y al fin desapareció. En ese instante se vio caer al mar, desde una altura inmensa, un imperceptible punto negro.

Moby Dick Herman Melville

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