Impermeables

En el siglo XVI los conquistadores españoles observaron que los nativos del Nuevo Mundo recubrían sus capas y mocasines con una resina blanca procedente de un árbol local: la hevea del Brasil. Su blanca savia se coagulaba y secaba con rapidez, sin dejar rígido el tejido.
Los españoles dieron a esta sustancia el nombre de “leche de árbol”, y, copiando el método de los indios con su “sangrado” de los árboles, aplicaron el líquido a sus casacas, capas, sombreros y pantalones, así como a las suelas de su calzado. Estas prendas repelían efectivamente la lluvia, pero con el calor del día el recubrimiento adquiría una consistencia pegajosa y se adherían a él hierbas secas, polvo y hojas muertas que, al refrescar por la noche, quedaban incrustadas en las ropas.
Esta savia fue introducida en Europa, y científicos notorios hicieron experimentos para mejorar sus propiedades. En 1748, el francés François Fresneau descubrió un procedimiento químico que favorecían una mayor flexibilidad y menos pegajosidad, pero los aditivos químicos despedían un olor sumamente desagradable.
Fue en 1823 cuando el químico escocés Charles Macintosh, realizó un descubrimiento trascendental que inició la era de las modernas prendas impermeabilizadas, pegando al tejido capas de caucho tratado con nafta.

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