Capas largas y chambergos

Leopoldo de Gregorio Esquilache, ministro preferido de Carlos III, hombre impetuoso y partidario de arreglarlo todo por la vía rápida, fue el firmante de las medidas que encendieron en 1766 las furias populares.
En efecto, una vez lograda la libertad de comercio de cereales -su gran proyecto- satisfecho por la marcha de las obras que se llevaban a cabo en Madrid, Esquilache desempolvó un viejo proyecto de los tiempos de Fernando VI, proyecto que proponía la sustitución de las arraigadas capas largas y los chambergos -enormes sombreros de ala ancha- por capas cortas y el sombrero de tres picos o tricornio. Las razones esgrimidas eran, bien mirado, obvias: a nadie se le ocultaba que aquellas larguísimas capas permitían un embozo perfecto, bajo el cual podía ocultarse cualquier arma y que, asimismo, el sombrero de ala ancha “vertía sombra impenetrable sobre el rostro”, por lo que capa y sombrero servían para cometer toda clase de impunes fechorías. Esquilache estaba convencido de que la modificación del tradicional atuendo era ineludible y así lo exigió
Un pretexto tan fútil se convierte en causa de un motín. La imposición de la vestimenta sienta mal en una opinión pública manipulada por sectores del clero que, encubiertamente, se aprovechan de los efectos de la desastrosa situación económica – sequía desde 1760, carestía del aceite, jabón y pan, escasez de alimentos de primera necesidad – para oponerse a la política del monarca.
El pueblo en armas, dueño de Madrid, se amotinaba exigiendo la vuelta del monarca, que había huido a Aranjuez. Los amotinados expusieron al monarca sus peticiones entre las que estaba la derogación de las disposiciones de la indumentaria.
Después del motín, desaparecido Esquilache, al frente del país se afirmaba un nuevo equipo gobernante.
El conde de Aranda supo poner orden en el caos y hasta logró imponer el uso de la capa corta y suprimir el uso del sombrero de ala ancha. Lo que Esquilache no logró por las malas, lo logró el conde por las buenas. Unas cuantas palabras suyas bastaron para que los estratos sociales más elevados se cortaran las capas y cambiaran de sombreros.
Después, convenció a los representantes de los cinco Gremios Mayores para que hicieran lo propio. En octubre de 1766, Aranda reunía a los miembros de los 53 Gremios Menores y les convencía de las bondades del nuevo atuendo. Muy astutamente, Aranda dispuso que el verdugo -personaje maldito en todos los pueblos- usase precisamente la famosa capa larga y el chambergo que ninguna “persona de bien” llevaría de allí en adelante. Así, con habilidad, el pueblo, imitando a los nobles y diferenciándose del vil verdugo, cambió de indumentaria sin mayores aspavientos.

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